... Y la chica regresaba al bosque a oír historias, a veces nevaba, a veces llovía, y en aquellas tardes sus ojos se volvían de un gris tan claro que en ocasiones parecían blancos.

-Piedra y la chica de ojos azules-

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Mundo Desierto (y V): Destino

 

 Antes de continuar lee las otras partes de este cuento: La primera parte, la segunda, la tercera y la cuarta.
Y ahora, antes de empezar... Pulsa aquí y lee con esta canción de fondo de Russian Red.

 Allí permanecía desde otra época, desde otro mundo porque, aun siendo la misma superficie terrestre, el mundo donde había crecido había cambiado tanto que ahora parecía otro. Donde antes se erigía un bosque ahora sólo había arena, rocas... y un mar infinito a sus espaldas.

Y allí, a ese borde del Este del mundo, llegó el pequeño cíclope tras dos semanas de caminata a través de su Mundo Desierto. Y contempló por primera vez el mar, y creyó que era una extensión de su propio desierto de arena y vientos.

―Y... todo esto ¿Qué es? ¿Es un desierto de agua?―se preguntó mirando al mar―. No sé ponerle nombre, qué pena... ¡Cuántas cosas buenas me he perdido!

Y entonces miró con su único ojo al árbol, a lo que tú y yo sabemos que es un árbol, pero que él desconocía, no porque Nuno tuviera un único ojo, ni porque no pudiera distinguir el color verde de sus hojas, sino porque jamás hubiera imaginado que aquello era un árbol. Recordó las palabras del escorpión, aquellas que decían que las cosas aparecen en los momentos menos oportunos.
―¿Eres... quizás... un árbol?

Y como no obtuvo respuesta se sentó a su sombra, a esperar algo, no sabía qué. Pero no importaba, porque en realidad poco importa cómo se llamen las cosas o las personas, o el nombre que le hayan dado nuestros antepasados, o incluso el que queramos darle nosotros en el momento en que las encontramos por primera vez porque, lo que verdaderamente importa, es tenerlas cerca si son agradables. De modo que eso hizo Nuno: mantenerse cerca. Porque es lo que nos suele dar calor, y esperanza.

Y de ti depende continuar esta historia, porque todavía no hay, ni habrá, nada que te impida ponerle un final, tu final, a este cuento.

 *foto de aquí.

Mundo Desierto (IV): Silencio

 Antes de continuar lee las otras partes de este cuento: La primera parte, la segunda y la tercera.

Había transcurrido una semana desde su salida, y se había topado con el Escorpión, luego con la Rosa, con un par de tormentas de arena... y poco más de interés había encontrado en su camino recto hacia el Este, cuando Nuno se percató que ni el viento ni la arena emitían sonido alguno sobre el desierto.

Él ya había conocido el silencio, en ocasiones su Mundo se volvía así, tórrido e inquebrantable, como esos silencios de calor incesante durante su estancia en el poblado, pero lo que sobrevino en ese séptimo día de fuga fue distinto. Soplaba viento, la arena viajaba lenta por las dunas, la luz del sol caía con furia pero... ninguna de esas cosas emitían sonido.

Había llegado a la Barrera Contenedora de Vientos y Tormentas, y no era un muro como decían los ancestros, sino que era... un enorme destello acuoso que flotaba en el aire, como si el cíclope hubiese llegado a la pared de cristal de una gigantesca campana. Y todo lo que él conocía estaba dentro, a su lado. Y al otro lado de ella... todo parecía seguir desierto.

Ya que había llegado allí... no pensaba retroceder. Trató de respirar hondo antes de dar un paso pero el oxígeno parecía haber expirado en aquel extraño borde, de modo que se limitó a avanzar. Dio un paso, dio otro, y atravesó la barrera. Fue así de sencillo, sin un ápice del temor que habían inculcado en aquellos escritos los ancestros.

Y al otro lado de ese extraño muro comprobó que continuaba el desierto, pero en el horizonte del mismo podía distinguir algo distinto, otra luz quizás. Sólo había una manera de averiguarlo.

Continuó caminando.


(espero publicar el final en unos días)

*foto de aquí

Mundo Desierto (III): Rosa

Antes de continuar lee la primera parte de este cuento aquí, y la segunda aquí.

Tras el encuentro con el escorpión Nuno siguió caminando, y era un sendero el que trazaba, hacia el Este, muy repetitivo. Todo se limitaba a subir y bajar una duna, para luego seguir haciendo lo mismo con otra, y otra, y otra... El desierto era como una sábana gigantesca de una infinita cama deshecha, pero, al fin y al cabo, una sábana preciosa, peinada a la perfección al antojo de los vientos.

Transcurrieron unos días, sin otra cosa que hacer que subir y bajar dunas, cuando al amanecer del sexto día el pequeño cíclope encontró algo en su camino.

―Hola―dijo esperando que aquello hablara, pues no sabía qué podía ser.
Una ráfaga de viento serpenteó baja y levantó un remolino de arena de una duna cercana.
―Hola―volvió a decir.
Y la flor no contestó. Porque aquello que había encontrado Nuno y que había crecido en mitad de aquel Mundo Desierto era una rosa de color azabache y arena, tostada por el sol de aquella mañana. Pero él no lo sabía porque nunca había visto ninguna flor, así de triste había sido su vida. Aquella era una espléndida rosa del desierto, que había crecido allí, en mitad de la nada, sin agua. Porque a veces ocurría maravillas como aquella en nuestras vidas: que crecemos y nos abrimos camino en territorio adverso, por encima de cualquier cosa, sacando fuerzas de donde creemos que ya no hay nada.

"¿Será esto un árbol?" se preguntó Nuno. Pero descartó la idea al comprobar que no poseía ningún color que desconociera. Y los árboles, eso había leído, tenían hojas verdes. Además, no había atravesado ninguna barrera contenedora, aquella de la que hablaban Los Ancestros. "¿Cuánto quedará para llegar a ese límite del desierto?" se preguntó.

Y nadie... ni la rosa ni el viento le respondieron.

(continuará)

*foto de aquí.

Mundo Desierto (II): Scorpio



(Lee la primera parte de este cuento aquí)

Esperó a la madrugada, Nuno se escabulló de su habitación mientras los ronquidos de su padre hacían combarse las vigas más viejas de la cabaña. Había pensado salir a lomos de una lombriz de Las Arenas, y eso hizo, tomó las riendas de una que la Guardia dejaba dormitar en el exterior de los establos y emprendió la huída. El pasado día el viento del oeste había comenzado a soplar con fuerza, de modo que había decidido dirigirse hacia el este.

Al amanecer ya había dejado atrás un par de aldeas abandonadas cuyos habitantes se habían convertido en estatuas de piedra, pues éste era el destino final de todos los cíclopes cuando llegaban a la edad de mil años. El sol había tomado cierta altura y ya comenzaba a dorar las dunas del color del pomelo. Pero esta comparación, la del pomelo, sólo nos sirve a nosotros, ya que ni Nuno ni ninguna criatura de Mundo Desierto había visto nunca un pomelo, o una naranja.

Nuno le ordenó a la lombriz que se detuviera y le dio instrucciones para que regresara al Poblado. Había decidido continuar a pie porque desconocía los peligros que podría encontrarse a partir de entonces y no quería poner en riesgo la vida de su montura, apreciaba la vida de la lombriz, y la de cualquier animal, tanto como la suya, y jamás se perdonaría que otros la perdieran por una mala decisión suya o por cualquier capricho.

Apenas había caminado unos metros se topó de frente con un escorpión.
―¿Qué haces?―preguntó el arácnido.
―Camino.
―¿Huyes?
―No huyo. Busco...―dudó un instante―un árbol. ¿Sabes qué forma tiene?
―¿Buscas? No lo hagas. Las cosas aparecen en los momentos menos oportunos y acaban teniendo la forma que tú quieras darles. Mírate, nadie me hubiera dicho hace un momento que aparecerías de detrás de esa duna. Estás perdido.
―No lo estoy, camino hacia el este.
―¿Por qué? ¿Te has hartado del otro lado del Mundo?―insistió el escorpión. 
―Sí, camino porque quiero ver un árbol, porque aquí el tiempo parece transcurrir en círculo. Mira todos estos granos de arena. Cuando el viento sopla hacia el oeste los granos viajan con él, cuando ese viento cesa y el del este gobierna los granos vuelven a su lugar de origen. Y lo mismo ocurre con los demás vientos, que todo lo mueven, todos los días, pero todo parece estar siempre en el mismo sitio ¿Sabes a qué me refiero? Así estamos todos, parecemos granos castigados dentro de un reloj de arena que nunca cesa de dar vueltas, y yo estoy harto de eso... Quiero ver cosas nuevas.
―Tú eres muy complicado―dijo el escorpión. Decidió no picarle, pues no le gustaba la carne de cíclope, así que comenzó a escarbar con sus patas hasta enterrarse y desaparecer bajo la arena.

(continuará)

*foto de aquí.

Mundo Desierto (I): Nuno

 

―Es muy simple, Nuno. No vas a poder encontrarlo porque... sencillamente, no existe. Eso sólo ha estado en la imaginación de los Hombres Antiguos. Son patrañas de cuento, locuras de antepasados. Y no vas a ir a ninguna parte, no hablemos más del asunto.

Así de rotundo había sido su padre una vez más. Y Nuno volvió a su habitación de barro, piedra y arena, pensando que quizás él tenía razón, que no había nada más allá del Poblado Central, sólo algunas aldeas abandonadas y, en la frontera del Desierto, la barrera circular que los rodeaba, la Contenedora de Vientos y Tormentas, separando como un muro aquel Mundo Desierto de aquello que hubiera detrás, la Nada, como así la llamaban desde antes de que su padre o su abuelo nacieran. La Nada o todo el caos y catástrofes, cuales fueran que pervivieran tras ella.

Pero él lo había leído. Había leído con su único ojo los grabados de la Piedra Ancestral, y los Antiguos habían dejado por escrito que existían maravillas más allá de aquella barrera contenedora. Y entre ellas... árboles, con hojas de color verde. Y Nuno desconocía cómo podría ser un árbol, o una hoja, porque nada más se decía sobre ellos en aquella piedra. Ni tampoco podía imaginar cómo sería el color verde. Su mundo se reducía a una pobre gama de tonalidades de arenas y piedras. Todo era oscuro y ceniciento, y mecánico, hasta el impulso sexual del acto de amar de los seres vivos de aquel Mundo Desierto se llevaba a cabo por imposición, por costumbre.

Procreaban por miedo a la extinción, no por amor, y el miedo no es un agradable compañero de viaje, ni siquiera para los cíclopes.
Al menos... eso había pensado Nuno siempre.

(continuará)
*foto de aquí.

La Niña de la Isla llamada Nunca Invierno



(Lee este cuento corto de Navidad mientras escuchas la voz de Paula Gómez en su 'In a moment')

Cuenta la leyenda que existía una isla llamada Nunca Invierno, donde el sol brillaba alto día tras día y las playas calurosas gobernaban, una estación tras otra, un año tras otro. Y así acontecía en el resto del planeta.

Cuenta la leyenda que los niños jugaban en los campos y en la arena, al son del acunar del viento entre las ramas de las palmeras y a la sombra de los sauces viejos.

Cuentan esos niños, ahora ya ancianos de la isla, que hace muchos años una de las niñas deseó Navidades sobre las playas. Y una mañana, al caer Diciembre, las olas cristalizaron en hielo y escarcha, el viento se vistió de norte riguroso, las aves emigraron y de unas nubes bajas descendieron bolas rojas con las que los habitantes adornaron el gran ombú que crecía en el centro.

Y así lo deseaba la niña, año tras año, Navidad al caer Diciembre sobre la isla. Y así ocurría.

Una leyenda venidera contará una nueva historia, la de aquella niña, ahora anciana, en su lecho de muerte, después de haber vivido Veranos e Inviernos, Amores y Destierros... Deseando ahora ese baile de estaciones y sentimientos para el resto del planeta.

Y acabará narrando la leyenda venidera que así quedaría establecido para todos...
... al expirar ella su último aliento.

*foto de aquí

La Princesa de Nata en el Caserón Helado de Chocolate (V)


(Ésta es la última parte de este cuento infantil.
Antes de seguir leyendo puedes leer las cuatro primeras partes aquí:
Una, Dos, Tres y Cuatro)

El crujir de las barritas de Kit Kat de los jueces dio paso al avance de los gigantescos muñecos de Yogur Helado hacia la muralla, y del lado del reino llovieron piruletas de corazones calientes, que nada pudieron hacer para detener ese avance. Fueron contrarrestadas por los helados de cucuruchos y barquillos que lanzaban pingüinos y morsas.

Y al chocar en el aire piruletas y otros caramelos con helados de todo tipo los jueces se ponían de pie y gritaban: sweet, tasty, divine y otras consignas de guerra ante el fragor de la batalla y el miedo de la población, que veía cómo los muñecos de Yogur Helado se abrían paso por la muralla de chicle mojada y semiderruida.

Pronto incluso los soldados de la Guardia Real de Chocolate Envuelta en Papel Dorado retrocedieron ante el furioso y helado avance de tropas de la Princesa de Nata que, Báculo en mano, seguía ordenando el lanzamiento de helados y toppings.

Una vez llegaron a la plaza principal cientos de ositos Haribo, de los colores más extraños que puedes llegar a imaginar en tus sueños, fueron engullidos por riadas de helados, pero ni los ositos ni los soldados morían, no, sino que una vez empapados por el helado ellos mismos se relamían y daban buena cuenta de lo gratificante que era el novedoso sabor que en su piel de gominola y chocolate les había dejado la nata y la vainilla.

La Princesa de Nata comenzó a subir las escaleras que conducían al castillo, porque el rey, lejos de luchar en primera fila en la batalla, se había recluido en la sala del trono de galleta. Y allí, temeroso, esperaba a su hija. La Bruja abrió las puertas con un hechizo de sorbete de lima y la niña se adentró en la oscuridad de la sala de chocolate negro.

- ¡Padre! -gritó iluminando la estancia con su armadura de Limón Helado Fulgurante- ¡Tu reino de gominola ha caído! ¡He venido a tomar lo que me corresponde!

Y a medida que avanzaba las paredes de la sala se iban recubriendo de nata. El rey permaneció en silencio, tan abrumado estaba por el ímpetu de su hija. Se levantó del trono, dejó caer su cetro y se apartó.

- Has vencido justamente. Fui vil contigo cuando no podías defenderte. La reina y yo merecemos castigo -dijo señalando a su esposa, que permanecía en silencio.
- El único castigo que os impongo es que seáis de la misma condición que la humilde gente de vuestro pueblo. Os despojo de vuestro aura de realeza endulzada. A partir de ahora gobernaré con helada calidez para todos por igual. ¡Queda establecido el primer día del primer año del primer invierno en este nuevo reino de Heladalia! ¡Y que dure cuanto sus ciudadanos lo deseen por votación! -exclamó tomando asiento en el trono.

Para entonces los habitantes del reino ya formaban un pasillo afuera y esperaban a que la comitiva de la marcha de la nueva Reina de Nata procesionara por las calles heladas y endulzadas. Al fin y al cabo atiborrarse una vez al año de helados... tampoco podía ser tan malo.

fin 

*foto de aquí

La Princesa de Nata en el Caserón Helado de Chocolate (IV)

(Ésta es la cuarta parte de este cuento.
Antes de seguir leyendo puedes recordar las otras aquí:
Una, Dos y Tres)

Era una mañana helada del recién llegado invierno cuando los dos soldados de la Guardia Real de Chocolate Envuelta en Papel Dorado escucharon una voz procedente del otro lado de las murallas de chicle.

-¡Solicito la presencia de los jueces para que sean testigos de una Dulce y Helada Batalla! ¡Mi ejército contra el ejército de mi padre! ¡El rey!

Los soldados se miraron confundidos, se asomaron desde las almenas y, aunque vieran a la Princesa enfundada en una extraordinaria armadura de Limón Helado Fulgurante, estallaron en chocolateada risa.

-¿Pero qué dices, niña de nata? ¿Con que ejército vas a combatir? -preguntó uno de los soldados.
-¡Con éste! -exclamó girándose y alzando un Báculo de Toffee y Nata.

Y de la espesura y la niebla que se extendía a sus espaldas comenzaron a surgir las unidades de su esplendoroso ejército. Cientos de pingüinos ayudaban a moverse a enormes muñecos de Yogur Helado con trozos de cookies, tiramisú y nueces caramelizadas. Las morsas cargaban a sus espaldas barquillos y bastones de galleta repletos de balas de piñones y pistachos congelados, y también había osos polares portando cañones de cucuruchos de helados de tutti fruti, vainillas, natas y toppings de frutas.

Los soldados de la guardia tocaron las trompetas de plástico rellenas de caramelos que anunciaban una batalla inminente y el pueblo del rey salió asustado a las calles empedradas de Lacasitos, preguntándose qué pasaría a continuación, pues en siglos nunca habían presenciado semejante evento. Los jueces acudieron a las murallas de chicle y allí pudieron comprobar cuán digno era el ejército que había reunido la Princesa de Nata y la Bruja de Stracciatella.

Entonces el rey bajó de su trono de galleta y chocolate y convocó a sus tropas, y esta vez sí se acercó a la muralla a ver a su hija.

- ¡Debes dejar el trono, padre! -gritó la Princesa al ver al rey-. ¡Es tiempo de que el helado atraviese las puertas de tu reino de caramelo! ¡Y yo, tu hija mayor de edad, ocupe el trono!
- Aunque vengas cargada de odiosa nata jamás atravesarás mis murallas de chicle, os quedaréis pegados a ella. Además, tengo un batallón de ositos Haribo dispuestos a descongelar a tu ejército.

Pero el rey ignoraba que la goma de mascar de la muralla, una vez mojada por el hielo, perdería su pegajosidad. Para entonces los jueces ya se habían postrado en unas sillas altas de regaliz y palotes. Una vez estuvo todo dispuesto dieron comienzo a la batalla mordiendo unas barritas de Kit Kat.

(en unos días... la última parte)

*foto de aquí

La Princesa de Nata en el Caserón Helado de Chocolate (III)


(Antes de comenzar... Lee las dos primeras partes de este cuento, primero aquí y luego aquí, después puedes seguir leyendo)

Tras el rechazo del rey la Princesa volvió al Caserón y allí la recibió la Bruja, la niña se llevó una sorpresa al verla, pues creía que se había recluido en la Cueva de Stracciatella para siempre. Pero la Bruja entendió que la Princesa de Nata sería rechazada por palacio cuando llegase la hora, aunque la había preparado para ese momento ella quiso estar en el Caserón para consolarla a su regreso. Porque, aunque nos sintamos preparados para superar ciertos momentos, puede resultar muy distinto cuando nos enfrentamos a ellos.

-No te preocupes, niña -dijo la Bruja-. Puedes quedarte a vivir aquí.
-No, nana. Mi padre lleva gobernando más de doscientos años. Ya basta, he decidido tomar su palacio.
-¿Estás segura? -preguntó la Bruja.
-Sí, tengo que prepararlo todo.

Luego se dio la vuelta, se quitó la ropa que llevaba puesta y de un armario sacó un vestido de crocanti, se lo enfundó y a continuación se ajustó una tiara de azúcar glas y un velo de chocolate blanco helado, salpicado de polvo de coco. Por último se calzó sus zapatos rojos de tacón de fresa a la hierbabuena y, tomando una varita de rama de vainilla, salió al camino, a recoger del bosque y de la nieve los elementos necesarios para preparar el asalto.

Y también se detuvo a hablar con unos amigos que vivían en la región más helada... 

Una vez recogió todos los ingredientes necesarios volvió al Caserón y junto a la Bruja se encerraron durante semanas en el laboratorio. Debían ser muy cuidadosas con el material, no se trataba de elaborar un sencillo helado de nata con distintos toppings y frutas, como sí había realizado multitud de veces en años anteriores, debía ser algo único, algo inolvidable, y mágico.

Al cabo de tres semanas ambas se dieron por satisfechas, el trabajo había finalizado, de modo que decidieron hacer pasar a sus amigos, pues ellos también formarían parte del asalto.

(continuará)

*foto de aquí.

La Princesa de Nata en el Caserón Helado de Chocolate (II)


(Antes de comenzar... Lee el inicio de este cuento aquí)

Y así sucedió, tal y como fue ordenado, pues tal era el miedo a la nata y al frío instaurado por el monarca, que la prohibición de salir de las murallas quedó establecida para todos los habitantes del reino. Sólo la Bruja de la Cueva de Stracciatella se encargaría de cuidar a la Princesa de Nata hasta que cumpliera los 9 años.

Y así ocurrió. Fue la bruja quien le enseñó los misterios de la vida fuera de palacio. A cultivar y extraer la savia de la vainilla y la nata, a decantar la nieve para helar las fresas y otras frutas, a no despreciar a ningún ser vivo.

Y la Princesa creció, y conforme lo hacía más avergonzada se sentía de pertenecer a la realeza. El día de su noveno cumpleaños sopló las velas de una tarta helada de trufa y le dio dos besos con sus labios morados a la que había sido su madre todo este tiempo: la Bruja, y ésta, al ver cumplido su trabajo, se sintió más que orgullosa de la Princesa y se retiró a su Cueva de Stracciatella. La Princesa entendió que había llegado el momento de volver a palacio. Caminó un día y una noche, al amanecer se plantó ante los dos soldados de la Guardia Real de Chocolate Envuelta en Papel Dorado y dijo:

-Soy la Princesa de Nata, la hija del rey. He cumplido 9 años.

Ambos soldados se miraron extrañados, no sabían el protocolo que debían seguir, sencillamente porque nadie les había indicado qué hacer, así de inútil era el régimen establecido. De modo que le ordenaron a la niña que esperase. Dos días con sus dos noches heladas tuvo que pasar a la intemperie la Princesa de Nata, hasta que la tercera mañana los soldados volvieron a aparecer, se asomaron entre las almenas de chicle de la muralla y el más alto dijo:

-El rey no quiere verte. Ha dictado Dulce Decreto por el que no debes acercarte a las murallas de chicle del reino bajo pena de permanecer eternamente pegada a la goma de mascar. Puedes volver al Caserón.

La Princesa dejó caer una lágrima de nata helada por su mejilla. Una sola, que vino a hundirse en la hierba. Luego, en silencio, se dio la vuelta y desapareció entre la espesura y la niebla.

(continuará)

*foto de aquí

La Princesa de Nata en el Caserón Helado de Chocolate (I)

 

Érase una vez un rey en su reino, sentado en su trono de galleta y chocolate, con su dulce reina de caramelo a su izquierda y el férreo cetro de gominolas, con el que gobernaba con benevolencia y tesón, en su mano derecha.

Desde el día en que se unieron en tan esponjoso matrimonio habían pasado años, décadas, incluso se libraron algunas guerras de bombones y batallas de pastelitos con reinos vecinos... Había pasado, tal vez, un siglo cuando el rey y la reina decidieron tener un hijo. El pueblo acogió con entusiasmo la decisión que se había dado tras los muros de palacio y lo celebraron en las calles con guirnaldas de palomitas y gigantescas piruletas de fresa.

Al cabo de unos meses un retoño vino al mundo. Y aunque todos esperaban un heredero sano y fuerte para que el linaje real tuviera continuidad... no fue un varón lo que nació aquella oscura noche de regaliz. Sino que la reina dio a luz a una niña helada de nata, menuda, de labios morados y con el pelo blanco como un dulce de leche.

La envolvieron en papel de azúcar y la metieron en una cuna de algodón y nubes. Cuando el monarca fue a verla la apuntó con su cetro y exclamó:

-¡Esta niña no es normal! ¡Es de nata! ¡Odio la nata!

Y por Real y Dulce Decreto mandó criarla alejada de la corte. Sería desterrada al otro lado de las murallas de chicle, al caserón helado de chocolate blanco y virutas de coco, hasta que cumpliese la mayoría de edad, que en aquel reino había quedado establecida en los 9 años.

(continuará)

*foto de aquí

La niña del Árbol Negro (II)



 (Antes de seguir... lee el comienzo de este cuento aquí)

─Yo soy Julio, y estos son mis amigos.
─Lo sé, la niña muda y el niño enfermo ─dijo la niña del Árbol─. Os recuerdo.
─¿Estabas metida en el árbol? ─preguntó Pedro con su voz débil.
La niña no respondió y continuó cantando alrededor del árbol.

Al jardín de la alegría
Quiere mi madre que vaya
Por ver si me sale un novio
El más bonito de España.
Vamos los dos, los dos, los dos,
Vamos los dos, en compañía,
Vamos los dos, los dos, los dos,
Al jardín de la alegría

Y al acabar se detuvo ante Julio y dijo tomándole del brazo:
─Y te elijo... ¡A ti!
Lo que provocó que los otros dos niños se desplomasen cayendo al suelo.
─¿Qué ha pasado? ¿Qué les has hecho? ¿Están muertos?
─Sólo están durmiendo para siempre al pie del árbol.
─Pero... eran mis amigos.
─Eran niños enfermos, si no duermen ahora morirán en la guerra que viene. En los sueños la niña podrá hablar nada más nacer y al niño le crecerá pelo y esa enfermedad que tiene no se lo irá comiendo por dentro.
Ambos se miraron y a Julio le pareció que aquello era cierto, que ya parecía estar sucediendo todo dentro de un sueño.
─¿Dónde están los juguetes? ─preguntó la niña.
─Los hemos dejado en el camino.
─Vamos a recoger tu caballito de madera ─dijo ella iniciando el trayecto─. Pronto la niebla cubrirá esta llanura durante lustros y los sapos creerán ser los dueños de este reino.
─¿Y luego?
─Luego iremos a la otra linde del bosque, donde acaban los árboles hay un barranco, pasaremos allí la noche hasta que el sol salga de nuevo. El sol allí es como una bola de helado del naranja más intenso que hayas visto. Es un amanecer espléndido, como de cuento.
Julio sonrió olvidándose por momentos de su madre, de sus amigos y del resto de los habitantes del pueblo.
─Julio, tú serás mi novio. No temas por tus amigos, despertarán al otro lado, en una aldea donde el tiempo pasa tan despacio que los platos de sopa nunca se enfrían y la leña de las chimeneas arde durante décadas. Dame la mano.
─Quiero pensar que siempre hay algo detrás de todo esto ─dijo el niño tendiéndole su mano.
─Y yo, Julio. Y yo.

(En memoria de A. M. M., sin sus cuentos los míos nunca hubieran comenzado)

*foto de aquí.

La niña del Árbol Negro (I)


Era la hora de la cena, esa en que los últimos rayos de sol caen tan lánguidos como la tela de los vestidos de seda de Magdalena Baró, cuando los niños salieron de sus casas dejando a sus madres con sus prohibiciones colgadas de las bocas y los platos de sopa huérfanos. Habían decidido reunirse ante el Árbol Negro.

Julio fue el primero en abandonar su hogar, por el camino de las ardillas se le unió Alicia, sin un saludo, sin una palabra, era muda de nacimiento. Y al final del sendero, en la linde del bosque nuevo, esperaba Pedro, el niño enfermo, que tenía la cabeza tan lisa como un boliche de cristal, ni un solo pelo. Antes de entrar en el bosque soltaron sus juguetes favoritos, se dieron la mano y sin mirarse a los ojos cruzaron esa frontera exigua que separaba lo que era oscuridad de lo que era pueblo.

Caminaron entre los árboles de hojas verdes, cuidándose de no molestarles, hasta la llanura quemada y yerma que había en el centro, allí vivía el Árbol Negro. Pero cuando llegaron a él se encontraron con que el tronco del árbol se había quebrado por la mitad y alrededor de él una niña con un vestido blanco inmaculado, fantasmal, daba vueltas en círculo, saltando y canturreando.

Al jardín de la alegría
Quiere mi madre que vaya
Por ver si me sale un novio
El más bonito de España.
Vamos los dos, los dos, los dos,
Vamos los dos, en compañía,
Vamos los dos, los dos, los dos,
Al jardín de la alegría.

Los niños se soltaron de las manos y se quedaron mirándola. Hasta que la niña se percató de ellos.
Oh, habéis venido. Soy Ana María, el alma del Árbol Negro dijo señalando el tronco quebrado.

(El domingo por la noche... el final)

*foto de aquí

Piedra y la Chica de Ojos Azules (III)

(Si quieres leer el comienzo de este cuento para niños y mayores... lee el capítulo 1 aquí, y el capítulo 2 aquí)

Pasaron los días, las semanas y los meses, y la chica no regresó. Pasaron los años, los lustros y las décadas... y la chica no volvió al Bosque de los Nueve Sauces Péndulo. El bosque cambió pero Piedra continuó allí, bajo la nieve, bajo el calor, el viento y la lluvia de los años venideros. Incluso quieta y resquebrajada seguía sonriendo. Y a su alrededor creció un pequeño bosque de lilas bajas que la miraban.

Sólo una tarde de verano soleada, cuando las hojas de los sauces más viejos aún seguían contando Historias, una anciana vestida de blanco entró en la llanura alfombrada de hierba y de lilas, y sus recuerdos se precipitaron en tropel, como cuando una cascada de agua irrumpe con fuerza por primera vez en un arroyo en calma, o en un lago. Caminó hasta la sombra del Sauce Péndulo más viejo y junto a él vio a Piedra.

Sonrió.

-Lo siento, amiga. Tuve que... iniciar un largo viaje. Pero no te olvidé en ningún momento. He regresado.

Piedra sonrió, y ese gesto hizo que se agrietase un poco más. Y, desde entonces, para la chica, las sonrisas de las rocas nunca pasarían desapercibidas, ni una sola vez más.

-Acabaré mis días aquí, contigo - decía mientras se tumbaba con lentitud en la hierba y oteaba las puntas de las rocas altas-. Es bueno que este refugio apenas haya cambiado. Afuera es todo muy distinto ¿sabes?
Y luego recordó las veces que había hecho lo mismo de pequeña. Y, aunque no soplaba ni una pizca de viento, las hojas lanceoladas del sauce se inclinaron hasta acariciar su cara, y reconocieron a su niña. 

Y comenzaron a volcar de nuevo en sus oídos las Historias que se habían guardado en las últimas décadas.

*foto de aquí.

Piedra y la Chica de Ojos Azules (II)


(Si quieres leer el comienzo de este cuento... pulsa aquí primero.)

Y era cierto, en toda la llanura tan sólo había una roca.
Ésa.
La roca le devolvió un silencio.

-Te has separado de tus hermanas ¿eh? ¿Tú también has venido a escuchar Historias? - acabó preguntando mientras se volvía a tumbar bocarriba en la alfombra de hierba-. Te llamaré Piedra. Ahora... escucha Piedra.

Y allí permanecieron juntas, escuchando el rumiar de las hojas, hasta que pasaron al menos un par de horas. Luego la chica se despidió de Piedra y de los Sauces Péndulo hasta la tarde siguiente.

Así transcurrieron semanas, meses... y cayeron las estaciones, unas tras otras, como las hojas lentas de un calendario de pared, como la leña crepita y se descompone en el fuego de una chimenea, y la chica de ojos azules volvía algunas tardes al bosque a escuchar Historias. A veces la llanura se cubría de un manto de nieve, o de niebla, o de agua de lluvia, y en aquellos días sus ojos se volvían de un gris tan claro e invernal que a veces parecían blancos.

-¿Te gustan las historias, Piedra? - preguntaba mientras seguía mirando hacia las ramas colgantes de los sauces.

Bocarriba, tumbada en la hierba, extendía un brazo y tocaba con la yema de sus dedos las hojas lanceoladas, aunque en ocasiones ni siquiera eso era necesario, sólo tenía que esperar a que el viento sacudiera las ramas y las hojas se balancearan hasta rozar su rostro.

-Me gusta que me hagan cosquillas, Piedra ¿Y a ti? Te hace sonreír. Tú... pase lo que pase, nunca... Nunca pierdas tu sonrisa ¿eh? - decía dubitativa, volviéndose hacia la roca muda.

Y ella nunca lo supo, porque no podía verlo, pero Piedra sonreía. Sonreía aquella última tarde, y había sonreído todas las pasadas en que había visto llegar a la chica.

(el domingo 19... el final)

*foto de aquí.

Piedra y la Chica de Ojos Azules (I)


En una aldea de casas blancas rodeada por montañas vivía una chica de ojos claros, piel nívea y sonrisa tímida. En los días soleados sus ojos eran azules, en los nublados... grises. En las tardes de primavera la chica salía de su casa y bajaba la cuesta del sendero que conducía al Bosque de los Nueve Sauces Péndulo. El bosque se hallaba en mitad de una llanura fresca, limpia y verde, salpicada de lilas, y flanqueado por rocas puntiagudas y altas.

Siempre, cada tarde, al entrar en la llanura, la niña saludaba a los sauces, uno a uno, y se sentaba a disfrutar del frescor de la sombra que daban sus ramas. Allí todo era silencio. Sólo de vez en cuando una suave brisa bajaba de la montaña y peinaba la hierba, tal y como las madres peinan los cabellos de sus hijas, como hilos de seda. Una tarde... un extraño presentimiento hizo que la chica se diese la vuelta.

No estaba sola.
Y era cierto.

Sobre la hierba, a unos metros del último sauce, había una roca.

Era una roca de un tamaño mediano, como un taburete de madera o una cesta de palma para la compra. Era una roca de un color gris claro, pero lo suficientemente pesada como para que la chica no pudiera moverla. Se puso de pie, abandonó la sombra del sauce y se dirigió a ella. Una vez estuvo a su lado preguntó:

-¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Te has caído? - y oteó hacia las rocas altas-. Nunca te había visto antes.

(En tres días, la segunda parte)

foto de aquí.