... Y la chica regresaba al bosque a oír historias, a veces nevaba, a veces llovía, y en aquellas tardes sus ojos se volvían de un gris tan claro que en ocasiones parecían blancos.

-Piedra y la chica de ojos azules-

El Duende de los Deseos

Hoy no traigo nuevo relato pero os comparto una obra de teatro de guiñoles que escribí en varias tardes para interpretar ante niños de 4 años. Sí, fue tarea de padre para la última semana del curso pasado 😇 No esperéis mucho de ella aunque... hay más de mí en sus personajes de lo que a veces uno puede llegar a pensar.

Pulsad en el enlace para acceder a la página de descarga:

El duende de los deseos

*la foto es de aquí

Golpe de Efecto


(Este texto lo he guardado durante casi una década. Lo publico ahora)

Hoy creo que Amelia me quería besar. Eso es lo que creo hoy, mañana no sé si creeré en esos labios de Amelia, o en los de alguna otra. Porque yo soy así, un día creo que todo orbita a mi alrededor y al siguiente pienso que sólo sirvo para estar tumbado en el sofá.

Al volver de la playa vi a un hombre de otra época a través de la ventana de un café. Eran las seis de la tarde y me dirigía al coche llave en mano y sombrilla colgada al hombro. El sol se estampaba furioso sobre la ventana de aquel local y en una mesa al otro lado mi hombre de otra época ojeaba nervioso un periódico amarillento. Supe que la luz solar de esta primavera invernal había provocado un desgarro en el tiempo, había traído a ese hombre de alguna parte y lo había colocado al otro lado del cristal.

Para mí.

Si tuviera que compararlo con alguien diría que era como Gus Lobel, el personaje que interpreta Clint Eastwood en Golpe de Efecto. Un viejo cascarrabias, con gorra calada y dificultad para ver. Si estuviera un poco más loco podría jurar sobre cualquier ejemplar de Sexus que el sol me había traído a Gus aquella tarde, no a Clint. Fue eso o el sol también podría haberme traído a mi yo del futuro para mostrarme cómo iba a acabar. Cada vez estoy más cerca.

Mañana debo seguir creyendo que Amelia me quería besar. No he visto otros labios como los de ella. Y temo quedarme solo en mitad de esta tormenta solar.

*foto de aquí.

Nota: La frase que da comienzo a esta entrada la he robado del diario de noviembre de un niño de 8 años (de esto hace casi 9 años ya). El hombre que parecía de otra época fue real, yo volviendo de la playa también. El resto no lo es, pero estoy lo suficientemente cuerdo como para jurar cosas sobre el Sexus de Henry Miller. 

No es un puto solo de guitarra más

 "Pocas cosas hay tan jodidas y dañinas que escuchar, en mi estado actual, que el solo de guitarra acompañado de batería del Nothing Else Matters de Metallica"

me dije una mañana que conducía carretera abajo, justo antes de que el sol saliera de frente a golpearme en los ojos.

Ya lo habíamos escuchado juntos infinidad de veces en el asiento trasero de mi coche, Carrie. Son sólo 28 segundos instrumentales, del minuto 4:56 al 5:24 de la canción. Y siempre que escucho el puto solo, Carrie, me suena a todas las cosas intangibles que habíamos construido y que estábamos perdiendo por la obcecada cabezonería de que ninguno de los dos hacíamos algo para mantenerlas inmaculadas.

Los recuerdos no son solamente una serie de las mejores fotos impresas de distintos momentos de nuestras vidas juntos deslizándose por las notas de ese puto solo de guitarra golpeado por la batería. Porque es así, la guitarra es una maravilla y la batería no acompaña, la batería golpea las notas intentando derribarlas. Me ha costado más de 30 años darme cuenta de esto. Que no, Carrie, que las cosas no son así. Que uno no se empeña en construir cosas para que luego vengas tú a derribarlas con tus caóticos golpes azarosos de baquetas... echándome la culpa de todo.

Con lo que me gustaba ese solo en la década de los 90... Y ahora, mira, si el puto solo fuera una escultura de cristal de Bohemia salpicada de joyas de Swarovski en mitad de una boda de diseño... la destrozaría de un golpe empuñando una Fender Stratocaster del 74. Mi jodido año, Carrie.

Tengo que recomponerme, empezando por olvidarme de tus golpes de batería. Es que los tenías guardados durante años y cuando los has sacado... me han dejado el corazón como un colibrí muerto cayendo al vacío.

*foto de aquí

 

Ya no

No sé por qué ese día mis manos estaban tan frías. Es algo que te sorprendió cuando tendiste las tuyas hasta alcanzar las mías en esa media mañana soleada y rabiosa de abril, un día antes de mi cumpleaños.

Y no consigo explicarme por qué estaban así si siempre me laten, ambas, fervorosas como el corazón galopante de un purasangre. 

Purasangre, yo... que con medio siglo entre pecho y espalda no atino a vislumbrar, con mis incertidumbres, los órganos que podrían quedarme sanos en el cuerpo. Entiende aquí sanos como capaces de seguir amándote de la misma forma que hacíamos en nuestros comienzos. Los tengo atrofiados. Todos los órganos. Ese fue el terrible diagnóstico del mes pasado.

Aquella media mañana cogiste mis manos y, por una vez, fueron las tuyas las que me dieron el calor que necesitaba.

-Ojalá todo lo demás fuera tan fácil como esto- solté en un débil resuello-. Que el calor de unas manos aplacara la frialdad de mármol de Carrara de otras.

Ya no.


*foto de aquí

Sus primeras palabras

 Érase una vez un niño a punto de pronunciar sus primeras palabras.

-Callad, callad -susurró el padre a los presentes.

-Silencio -pidió la madre-. Va a hablar. 

El niño separó los labios, levantó ligeramente el mentón y dijo con total claridad:

-Estoy muriéndome. 

Todos celebraron con regocijo esa gran verdad y supieron que el niño... sería escritor.

Sobre la mecánica de dejarte un buen café

-Hacerme el café no es una muestra de amor. Es algo mecánico - dijiste.

A la mañana siguiente me levanté y, como cada amanecer de los últimos años y mientras dormías, inicié mi ceremonia: Me dirigí a la cocina y cogí dos tazas. 

-Llevo demasiados años sin escribir así. He perdido mi voz -me dije-. Pero... tengo que encontrarme. Porque pienso que sigo aquí, encerrado y oculto en estos scriptoria.

Desde hace un tiempo me gusta moler los granos de café. Es como triturar los buenos recuerdos que tenemos juntos para olerlos, compactarlos y extraer en esencia líquida todo lo que hemos sentido en ellos.

Desnatada para ti. Entre 14 y 18 centílitros de los abrazos y los besos que nos dimos por las calles de Florencia. Ya está. Las calles empedradas de una Florencia soleada, contigo... pocos recuerdos hay mejores que ese.

Ahora hay que inclinar las dos tazas en la máquina de café porque... Al ser tan baja, y las tazas tan altas, no caben de pie una junto a la otra. Esto es algo que me ponía de mal humor al principio, ahora no. Ahora las inclino hasta hacer tocar sus bordes. Suena un clic. Esto es un beso en la Piazza Navona de Roma, me digo. O el final de uno de nuestros resuellos contenidos al pasar en góndola bajo uno de los viejos puentes de Venecia.

Ahora lo más importante: liberar la esencia de los buenos recuerdos. Las primeras gotas de café son las más concentradas porque corresponden a los recuerdos iniciales. Tu sonrisa nada más montar en mi coche, la oscuridad de tus ojos luminosos mirándome, lo cómodos que nos sentimos charlando a orillas de una playa.

Debo ser cuidadoso y cortar el torrente de recuerdos para que nuestras tazas no rebosen. Dejar otros para la mañana siguiente.

Y eso hago.

Y eso quiero.

Que todas las mañanas sean así.

Contigo.

No sé quien está equivocado de los dos, quizás los dos, quizás ninguno pero... Quiero que sepas que esta ceremonia, la creas mecánica o no, es la puñetera tabla de salvación, en mitad de todo este océano tempestuoso que hemos dejado crecer, a la que me he aferrado para mantenerme unido a ti.

No dejemos que las olas nos separen.

*foto de aquí 

Nevermore

Han pasado más de cinco años y muchas cosas.

Dejé un par de relatos a medio acabar y otro acabado. Están en borrador y creo que seguirán ahí. Hoy sólo venía a soltar esta imagen por si alguien sigue entrando por aquí, interesada en lo que escribo por otros lugares. Nevermore no es algo habitual ni va en la línea de Scriptoria. Es un juego de rol, pero sigue siendo parte de mí, como todo lo que solía escribir.

Aún tengo que acabar una (maldita) novela que tengo atravesada en la garganta. Ahoga. Algún día haré que vea la luz y me sentiré liberado.

Si alguien está interesada en Nevermore... Sólo tiene que pulsar aquí. Es gratuito. Para más información, enlaces a entrevistas, etc... está el perfil de Twitter del grupo creativo que lo ha publicado.

Espero que estéis bien en mitad de todo este caos.



 

El Fuego de tus Palabras


Que no querías acercarte a una mesa de billar, me dijiste, que tu ex tuvo tal enganche con ese juego que fue motivo de divorcio... y al final has resultado ser una excelente rival, jugando a dos bandas.

También me dijiste que no te gustaba que yo fumase, y lo dejé, por tres semanas, justo el tiempo que tardaste en tirarte a los brazos del que yo creía el actor secundario de esta película. Cuando os vi no tardé ni tres segundos en echar mano de mi pitillera y encender un Marlboro.


Que yo era raro, añadiste al fuego de tus palabras en otra ocasión, que era extraño que estuviera libre y no arrastrase algo de mis últimos cuarenta años, como un hijo de una relación anterior, por ejemplo. Como si tener un hijo me eximiera de algunos de mis actos.

Querida, con o sin hijo... llego muy limpio. Tú... no.

Pero, con todo lo sucedido, tendré que creerte, porque esto va así, porque no hay grises de película, o se te ama o se te odia. Y creyéndote estaría más cerca de amarte, de mi salvación. Así, quizás, evitaría el infierno. Pero, la verdad... no sé qué demonios hacer, porque hasta las llamas, sin ti, me resultan atractivas.

-.-

Esto bien podría tratarse de un extracto de conversación de la novela que escribí el año pasado: El lamentable descenso de Henry Norton. Pero no, tampoco puedo decir que trate sobre mí, sólo es... otro escrito más.

* foto de aquí.

Mundo Desierto (y V): Destino

 

 Antes de continuar lee las otras partes de este cuento: La primera parte, la segunda, la tercera y la cuarta.
Y ahora, antes de empezar... Pulsa aquí y lee con esta canción de fondo de Russian Red.

 Allí permanecía desde otra época, desde otro mundo porque, aun siendo la misma superficie terrestre, el mundo donde había crecido había cambiado tanto que ahora parecía otro. Donde antes se erigía un bosque ahora sólo había arena, rocas... y un mar infinito a sus espaldas.

Y allí, a ese borde del Este del mundo, llegó el pequeño cíclope tras dos semanas de caminata a través de su Mundo Desierto. Y contempló por primera vez el mar, y creyó que era una extensión de su propio desierto de arena y vientos.

―Y... todo esto ¿Qué es? ¿Es un desierto de agua?―se preguntó mirando al mar―. No sé ponerle nombre, qué pena... ¡Cuántas cosas buenas me he perdido!

Y entonces miró con su único ojo al árbol, a lo que tú y yo sabemos que es un árbol, pero que él desconocía, no porque Nuno tuviera un único ojo, ni porque no pudiera distinguir el color verde de sus hojas, sino porque jamás hubiera imaginado que aquello era un árbol. Recordó las palabras del escorpión, aquellas que decían que las cosas aparecen en los momentos menos oportunos.
―¿Eres... quizás... un árbol?

Y como no obtuvo respuesta se sentó a su sombra, a esperar algo, no sabía qué. Pero no importaba, porque en realidad poco importa cómo se llamen las cosas o las personas, o el nombre que le hayan dado nuestros antepasados, o incluso el que queramos darle nosotros en el momento en que las encontramos por primera vez porque, lo que verdaderamente importa, es tenerlas cerca si son agradables. De modo que eso hizo Nuno: mantenerse cerca. Porque es lo que nos suele dar calor, y esperanza.

Y de ti depende continuar esta historia, porque todavía no hay, ni habrá, nada que te impida ponerle un final, tu final, a este cuento.

 *foto de aquí.

Mundo Desierto (IV): Silencio

 Antes de continuar lee las otras partes de este cuento: La primera parte, la segunda y la tercera.

Había transcurrido una semana desde su salida, y se había topado con el Escorpión, luego con la Rosa, con un par de tormentas de arena... y poco más de interés había encontrado en su camino recto hacia el Este, cuando Nuno se percató que ni el viento ni la arena emitían sonido alguno sobre el desierto.

Él ya había conocido el silencio, en ocasiones su Mundo se volvía así, tórrido e inquebrantable, como esos silencios de calor incesante durante su estancia en el poblado, pero lo que sobrevino en ese séptimo día de fuga fue distinto. Soplaba viento, la arena viajaba lenta por las dunas, la luz del sol caía con furia pero... ninguna de esas cosas emitían sonido.

Había llegado a la Barrera Contenedora de Vientos y Tormentas, y no era un muro como decían los ancestros, sino que era... un enorme destello acuoso que flotaba en el aire, como si el cíclope hubiese llegado a la pared de cristal de una gigantesca campana. Y todo lo que él conocía estaba dentro, a su lado. Y al otro lado de ella... todo parecía seguir desierto.

Ya que había llegado allí... no pensaba retroceder. Trató de respirar hondo antes de dar un paso pero el oxígeno parecía haber expirado en aquel extraño borde, de modo que se limitó a avanzar. Dio un paso, dio otro, y atravesó la barrera. Fue así de sencillo, sin un ápice del temor que habían inculcado en aquellos escritos los ancestros.

Y al otro lado de ese extraño muro comprobó que continuaba el desierto, pero en el horizonte del mismo podía distinguir algo distinto, otra luz quizás. Sólo había una manera de averiguarlo.

Continuó caminando.


(espero publicar el final en unos días)

*foto de aquí

Mundo Desierto (III): Rosa

Antes de continuar lee la primera parte de este cuento aquí, y la segunda aquí.

Tras el encuentro con el escorpión Nuno siguió caminando, y era un sendero el que trazaba, hacia el Este, muy repetitivo. Todo se limitaba a subir y bajar una duna, para luego seguir haciendo lo mismo con otra, y otra, y otra... El desierto era como una sábana gigantesca de una infinita cama deshecha, pero, al fin y al cabo, una sábana preciosa, peinada a la perfección al antojo de los vientos.

Transcurrieron unos días, sin otra cosa que hacer que subir y bajar dunas, cuando al amanecer del sexto día el pequeño cíclope encontró algo en su camino.

―Hola―dijo esperando que aquello hablara, pues no sabía qué podía ser.
Una ráfaga de viento serpenteó baja y levantó un remolino de arena de una duna cercana.
―Hola―volvió a decir.
Y la flor no contestó. Porque aquello que había encontrado Nuno y que había crecido en mitad de aquel Mundo Desierto era una rosa de color azabache y arena, tostada por el sol de aquella mañana. Pero él no lo sabía porque nunca había visto ninguna flor, así de triste había sido su vida. Aquella era una espléndida rosa del desierto, que había crecido allí, en mitad de la nada, sin agua. Porque a veces ocurría maravillas como aquella en nuestras vidas: que crecemos y nos abrimos camino en territorio adverso, por encima de cualquier cosa, sacando fuerzas de donde creemos que ya no hay nada.

"¿Será esto un árbol?" se preguntó Nuno. Pero descartó la idea al comprobar que no poseía ningún color que desconociera. Y los árboles, eso había leído, tenían hojas verdes. Además, no había atravesado ninguna barrera contenedora, aquella de la que hablaban Los Ancestros. "¿Cuánto quedará para llegar a ese límite del desierto?" se preguntó.

Y nadie... ni la rosa ni el viento le respondieron.

(continuará)

*foto de aquí.

Mundo Desierto (II): Scorpio



(Lee la primera parte de este cuento aquí)

Esperó a la madrugada, Nuno se escabulló de su habitación mientras los ronquidos de su padre hacían combarse las vigas más viejas de la cabaña. Había pensado salir a lomos de una lombriz de Las Arenas, y eso hizo, tomó las riendas de una que la Guardia dejaba dormitar en el exterior de los establos y emprendió la huída. El pasado día el viento del oeste había comenzado a soplar con fuerza, de modo que había decidido dirigirse hacia el este.

Al amanecer ya había dejado atrás un par de aldeas abandonadas cuyos habitantes se habían convertido en estatuas de piedra, pues éste era el destino final de todos los cíclopes cuando llegaban a la edad de mil años. El sol había tomado cierta altura y ya comenzaba a dorar las dunas del color del pomelo. Pero esta comparación, la del pomelo, sólo nos sirve a nosotros, ya que ni Nuno ni ninguna criatura de Mundo Desierto había visto nunca un pomelo, o una naranja.

Nuno le ordenó a la lombriz que se detuviera y le dio instrucciones para que regresara al Poblado. Había decidido continuar a pie porque desconocía los peligros que podría encontrarse a partir de entonces y no quería poner en riesgo la vida de su montura, apreciaba la vida de la lombriz, y la de cualquier animal, tanto como la suya, y jamás se perdonaría que otros la perdieran por una mala decisión suya o por cualquier capricho.

Apenas había caminado unos metros se topó de frente con un escorpión.
―¿Qué haces?―preguntó el arácnido.
―Camino.
―¿Huyes?
―No huyo. Busco...―dudó un instante―un árbol. ¿Sabes qué forma tiene?
―¿Buscas? No lo hagas. Las cosas aparecen en los momentos menos oportunos y acaban teniendo la forma que tú quieras darles. Mírate, nadie me hubiera dicho hace un momento que aparecerías de detrás de esa duna. Estás perdido.
―No lo estoy, camino hacia el este.
―¿Por qué? ¿Te has hartado del otro lado del Mundo?―insistió el escorpión. 
―Sí, camino porque quiero ver un árbol, porque aquí el tiempo parece transcurrir en círculo. Mira todos estos granos de arena. Cuando el viento sopla hacia el oeste los granos viajan con él, cuando ese viento cesa y el del este gobierna los granos vuelven a su lugar de origen. Y lo mismo ocurre con los demás vientos, que todo lo mueven, todos los días, pero todo parece estar siempre en el mismo sitio ¿Sabes a qué me refiero? Así estamos todos, parecemos granos castigados dentro de un reloj de arena que nunca cesa de dar vueltas, y yo estoy harto de eso... Quiero ver cosas nuevas.
―Tú eres muy complicado―dijo el escorpión. Decidió no picarle, pues no le gustaba la carne de cíclope, así que comenzó a escarbar con sus patas hasta enterrarse y desaparecer bajo la arena.

(continuará)

*foto de aquí.

Mundo Desierto (I): Nuno

 

―Es muy simple, Nuno. No vas a poder encontrarlo porque... sencillamente, no existe. Eso sólo ha estado en la imaginación de los Hombres Antiguos. Son patrañas de cuento, locuras de antepasados. Y no vas a ir a ninguna parte, no hablemos más del asunto.

Así de rotundo había sido su padre una vez más. Y Nuno volvió a su habitación de barro, piedra y arena, pensando que quizás él tenía razón, que no había nada más allá del Poblado Central, sólo algunas aldeas abandonadas y, en la frontera del Desierto, la barrera circular que los rodeaba, la Contenedora de Vientos y Tormentas, separando como un muro aquel Mundo Desierto de aquello que hubiera detrás, la Nada, como así la llamaban desde antes de que su padre o su abuelo nacieran. La Nada o todo el caos y catástrofes, cuales fueran que pervivieran tras ella.

Pero él lo había leído. Había leído con su único ojo los grabados de la Piedra Ancestral, y los Antiguos habían dejado por escrito que existían maravillas más allá de aquella barrera contenedora. Y entre ellas... árboles, con hojas de color verde. Y Nuno desconocía cómo podría ser un árbol, o una hoja, porque nada más se decía sobre ellos en aquella piedra. Ni tampoco podía imaginar cómo sería el color verde. Su mundo se reducía a una pobre gama de tonalidades de arenas y piedras. Todo era oscuro y ceniciento, y mecánico, hasta el impulso sexual del acto de amar de los seres vivos de aquel Mundo Desierto se llevaba a cabo por imposición, por costumbre.

Procreaban por miedo a la extinción, no por amor, y el miedo no es un agradable compañero de viaje, ni siquiera para los cíclopes.
Al menos... eso había pensado Nuno siempre.

(continuará)
*foto de aquí.

Ya está ¿para qué más?


Iba a empezar un nuevo relato con la frase "Me gusta más tu pelo a lo salvaje, encrespado, sin líneas rectas que lo gobiernen" pero... ya está, mejor lo dejo todo así, imaginando que me mudo a tu exquisito desorden y todo empieza a arder ¿Para qué voy a añadir más?

*foto de aquí.

Guardo Un Grato Recuerdo


Todavía no sé con exactitud qué fue lo que te escandalizó tanto de mí, si la forma obscena en que te acariciaba las ingles y te metía los dedos por debajo de la mesa, en aquella cena de amigos, o el haberte comido la boca, mientras nos miraban los camareros, de camino a los baños de aquel restaurante.

De todas formas... guardo un grato recuerdo. Para mí, estar contigo, resultó ser como caminar levitando a diez milímetros del suelo y faltarme, a la vez, tan solo un metro para rozar la parte más baja de las nubes.

Para ti no. Para ti no sé lo que significó, pero creo que fui... tu capricho de varias noches, un deseo adelantado de temporada alta. Yo fui, quizás... ya nada.

No me importa. Guardo un grato recuerdo de todas las veces que lo hicimos. Una vez te levantabas para ir al baño yo dulcificaba la luz del cuarto y fotografiaba la cama deshecha, aunque a mí me gusta decir que estaba perfectamente acabada, a tirones, a gemidos, las sábanas guardaban las formas perfectas de todos los recorridos que hicimos.

A veces miro esas fotografías, me recuerdan la trayectoria de tu pelo alborotado, me recuerdan todo lo que fuimos.

*foto de Luis Carrasco (Flickr)

Si Por Mí Fuera...

 
Lo intento pero... ya no consigo romper el silencio del primer café de la mañana con tus buenos días.

No estás.

Y ya no recuerdo en qué punto nos perdimos.

Pero quiero que sepas que, si por mí fuera, no me quedaría ni un milímetro de tu boca por comer en cada una de nuestras nuevas despedidas.

*foto de aquí.

No Me Importa Que Estés Rota (y 3)


(Puedes leer la primera parte de este escrito, la segunda, o bien puedes pulsar aquí, y oír Don´t Worry 'bout Me en la voz de Billie Holiday mientras sigues leyendo esta última parte)

Ya está. Ya no hay vuelta atrás, la normalidad está rota, como nosotros. Es como la caída del último reguero de arena del reloj que acabo de poner en la vitrina del salón. Los relojes de arena tienen eso, al principio parece que el tiempo atrapado en ellos corre muy lento, sin embargo el final... suele ser precipitado, como los buenos finales. Así ha sido nuestra historia, y así nos hemos mirado de cerca, otra vez. Pidiendo en aquella barra espiraste tu aliento en mis labios y mi arena se precipitó.

De tu lengua a la mía sólo distaban unos milímetros de deseo, los rompimos.

El resto ya lo conoces. Pieles resquebrajándose. En las noches venideras ya no tendrás que imaginarme, bastará con pasar la punta de tus dedos por el borde de tus labios, y relamerlos, para recordar en ellos el sabor y la textura de nuestros besos. Y yo haré lo mismo, rememoraré la veneración que te profesé arrodillado ante tu sexo.

Nunca me importó que estuvieses rota, pero... como dice la canción... 'No te preocupes por mí, sólo olvida lo sucedido esta noche, sé feliz, y seguiremos siendo amigos'. O no.

*foto de aquí

No Me Importa Que Estés Rota (2)

(Lee el comienzo, si quieres, aquí)

Te pedí que siguieras mirándome, lo has hecho, y ha sucedido. Entre esa forma que le das a tus labios en descanso y esos ojos del color de la miel tostada que tienes... has acabado rompiéndome. No es necesario que hagas nada más, pero igual no te has percatado, porque yo no adquiero un tono de gravedad cuando ocurre, suelo sonreír.

Sonrío, te miro, miro hacia otro lado y... ahí me quedo. Quizás no te has dado cuenta, digo quizás porque... a veces soy tan transparente que podrías ver a través de mi piel cómo mis órganos se deshacen a cámara lenta, como las hebras de lino de un viejo manto.

No me importa que estés rota. A mi forma... yo también lo estuve, a tu forma... me acabas de romper. Y me gusta, porque la normalidad aburre, y la normalidad es sentir tu boca bajo este calor a tres puños de la mía y no poder besarla.

La próxima vez... hagamos lo imposible por quedarnos a solas. ¿Es que no lo estamos deseando?

*foto de aquí.

No Me Importa Que Estés Rota


¿Qué te crees? ¿Que no me he dado cuenta de la forma en que me miras esta noche? No me mires más así, tras decirme que estás rota por dentro. Sé que el pasado te pesa y la piel que ya no te acaricia te arde. Aun rota y todo... te has vestido esta noche, te has subido a unos tacones y... ahora estamos aquí, los dos, averiguándonos las miradas.

Hasta rota, como tú dices, comenzaría por tu boca, como si fuera mi primera vez y la tuya, y cuando calme mi hambre de saberte conocida pasaría las yemas de mis dedos por la superficie curva de tus hombros desnudos. Trazaría pequeños círculos. Es una de las pieles que él ya no te toca ¿verdad? Al menos no así.

Te mentí, te dije que no me mirases más esta noche pero... tú sigue. Rómpeme, y no pares de hacerlo.

*foto de aquí.

Como el Fuego adentrándose en el Mar (revisitación)


Pasan los días y sigo ardiendo en ti, lo hago a través de las palabras que te escribí, o quizás sólo a través del sello de lacre rojo que quemé sobre la carta doblada que tomaste de la bolsa. Cada doblez que realicé desprendió una llamarada inofensiva sobre el papel, inofensiva también para tu piel y mi piel, pero capaz de abrirse paso y adentrarse en tu mar, capaz de beberlo, de convertir su área en un desierto tan desnudo como tus pechos.

Hoy... aún seré en mis labios... tu fuego, mañana quizás te pida estar debajo, eso implica que tú vuelvas a ser mi fuego, como la última noche, yo seré tu mar.

*foto: ¿?