Termino este pequeño diario de viaje colgando varias fotos, al libre albedrío, de la ciudad junto a unos sentimientos.
"París también huele a dolor y a pena enquistada en muchos corazones. Me percaté de ello cuando estuve paseando por Los Inválidos. Primero se puede recorrer la explanada desde el puente de Alejandro III hasta llegar a la puerta del recinto. Desde unas galerías se accede a la iglesia de San Luis; cuando entré había un cuarteto de cuerda ensayando bajo más de cien estandartes que mostraban, apenados pero orgullosos, las huellas del campo de batalla. A la entrada una placa reza que todas son banderas capturadas al enemigo, o de los propios ejércitos franceses.
Para visitar el Museo del Ejército y la cúpula de la iglesia hay que pagar entrada. Allí es donde se han depositado los restos de Napoleón, para su propia gloria y para los que quieran pagar los 8€ que cuesta contemplarlos desde arriba.
Yo no me decidí a entrar (no me suponía gran cosa ver el sarcófago de Bonaparte), así que me dí una vuelta por los jardines: preciosos. A ambos lados del conjunto se dividen las dos alas que forman el Hospital de Los Inválidos (para veteranos de guerra). De este no tengo fotos por una sencilla razón: un cartel prohibía el paso a determinadas zonas ajardinadas y pedía que se respetase el silencio y la tranquilidad del lugar.
Se prohibía el paso pero allí no había ninguna barrera, ni puerta cerrada de acceso a los jardines, ni nadie que me impidiera deambular a mi antojo, tan sólo el cartel y un camino de baldosas que rodeaba los jardines por donde algunas personas paseaban a sus familiares enfermos. Libertad absoluta. De modo que seguí caminando en torno a la iglesia, cuidando de no entrar en la zona prohibida, y fue cuando me crucé con uno de ellos... un anciano en silla de ruedas sujetaba la mano de su hijo (el modo de hacerlo dejaba claro que era su hijo, no podía ser de otra manera), le aferraba con tanta fuerza como si con ello le quisiera transmitir alguna pesadilla pretérita llena de dolor y sufrimientos.
Pensé que quizás sus manos levantaron antes del suelo polvoriento alguno de los estandartes que cuelgan de la iglesia, de algún campo de batalla argelino, marroquí... o de su propia Francia invadida por los nazis, quizás ese hombre aún sentía en sus manos la humedad de la sangre de los soldados caídos, ya fuesen compañeros o enemigos. Todavía recuerdo su mirada.
Él no tendrá un lugar bajo ninguna cúpula, pensé, pero sí en el recuerdo de muchas personas... y nadie te cobrará unos euros por rendirle honores".
París en Octubre, vol. II
Cuadernos: Mi Historia
Pequeño y maravilloso homenaje
El otro día me llamó mi amigo Jesús para pedirme prestado un personaje de uno de mis relatos.
- Por cierto... ¿cómo se llamaba el viejecito de tu relato de "El relojero..."?.
- ¡Ah!, aquel anciano... espera que lo busco - ya veis el apego que le tengo a mis personajes.
Al cabo de un rato le mando un e-mail:
"George Neth".
- Vale, ¿me lo prestas?
- Claro.
- Voy a ponerle voz, luego te cuento para qué es.
- ...
A la hora de la comida me llama:
- He compuesto una canción para mi sobrina, que cumple 3 años este sábado, y una frase la tenía que cantar un viejecito entrañable. Y pensé que podría ser él. Así que me acordé de tu relato... George Neth ya tiene voz.
Jesús compone, es insaciable leyendo, toca instrumentos con una pasión envidiable, cocina de maravilla entre muchas más virtudes y tiene una fuerza de espíritu y una voluntad descomunales. A mí me encanta que él siga componiendo y que me pregunte por mis escritos mientras yo sigo a lo mío, a mi ritmo (tan lento)... y que siga leyéndome y acordándose así de mis personajes, porque eso, y no que yo los haya inventado, es lo que los mantiene vivos.
Y ahora suscribo:
Gracias, amigo, porque las personas como tú son las que hacen que uno no se sienta tan solo en el mundo.
Happy Beat, my friend! ;D
Cuadernos: Amigos
París en Octubre, vol. I
"Madrid, 2:30 a.m. Suena el despertador. El avión sale a las 5:45 a.m. Con suerte, y conociendo mi voracidad de lobo estepario, será la primera y única vez que desayune 3 veces en dos países diferentes. Efectivamente resulta así: desayuno 2:45 a.m. en Madrid, a las 6:15 a.m. a bordo del avión y a las 9:05 a.m. por una calle camino de la Torre Eiffel.
Cuido mucho mi afeitado, porque no quiero que también sea la primera vez que empiece a sangrar en un país y termine suturando en otro. Ya hicieron buenos afeitados en la plaza de la Concordia a partir de finales del S. XVIII. Vamos a dejarlo ahí...
París es una ciudad para escribir y disfrutar, para sentarse en las Tullerías, en Los Inválidos, en los Jardines de Luxemburgo o al borde del Sena y dejar pasar el tiempo. París aún huele a tinta húmeda en legajos antiguos, a Saber Ilustrado, al óleo fresco que chupaba Van Gogh de sus pinceles; es una ciudad aún perfumada por la estela de miles de trazos impresionistas y se respira a humedad secular enquistada en gárgolas de piedra; pero también a afán vanguardista mezclado con libros antiguos y de ocasión.
Paseé por las salas del Museo de Orsay, y me planté delante de este cuadro justo unas horas antes de que sufriera este fatídico acto de terrorismo.
Paseé por el Louvre y allí sentí una envidia infinita de mi escriba, entre muchas otras cosas... la emoción fue tal que sólo pude disparar mi cámara unas cuantas veces después de darle recuerdos de parte de una amiga que no pudo mirar en el interior de sus maravillosos ojos.
Que sigas ahí por siempre, amigo, y algún energúmeno no te quiera derrumbar... como al puente de Argenteuil del bueno de Claude"
En las imágenes: El escriba sentado procedente de Sakkara (V dinastía) y paletas egipcias para la escritura.
Cuadernos: Mi Historia
Los `Scriptoria´ y Ana Rosa Quintana
Tengo más de una docena de relatos cortos (alguno se podría llamar novela corta) en el cajón y una novela, ésta última a medio acabar... ¡ea!, ya lo he dicho. Cada vez que algún amigo me pregunta cómo voy con mi novela siempre le digo lo mismo:
- Hace meses que no escribo ni una palabra, pero la novela ya está acabada.
En realidad no es así. Me queda volcar unos capítulos en el papel y mezclarlo todo (como Tom Cruise en Cocktail... "no sé, tío, no la he visto") pero dándole toda la entonación y la continuidad que debe tener una novela coherente. Vamos, lo más difícil... pero de esto hablaré en otro momento.
Ahora quiero que este post, como digo en mi Bienvenida, sea un homenaje a los Scriptoria que todos hemos tenido alguna vez. Si me paro a pensar han sido muchos, para mí un escritorio no es sólo la mesa donde me apoyo para escribir. He tenido muchos escritorios (como supongo que habéis tenido todos):
- el viejo buró de mi abuelo, a lo gótico
- mi propio buró, a lo tétrico
- mis camas y sus almohadas sudadas
- la tapa de la taza del inodoro :)
- la mesa redonda desplegable del salón de mi madre
- los vagones del metro de Madrid
- autobuses (el 141, el 82, el 86, los dos patitos, el 224 que incluso se ha llevado lágrimas, algún búho...)
- mi lugar de trabajo (lo siento, aprovecho huecos)
- una Olivetti
- cinco ordenadores
- infinidad de cuadernos de tapas negras que me obsesionan
- Un diario que tiré al mar en un arrebato de cólera
- ...
- YO
Conclusión:
- Un escritorio es aquello donde tú quieres escribir y fijas tus propios límites.
Hay escritores que tienen Scriptoria bien grandes (y con enchufes) pero no fijan límites, o los fijan pero juegan peligrosamente a salirse de ellos y acaban hurgando en los cajones de los escritorios de otros... como sin darse cuenta... ¿verdad Ana Rosa (AR para sus amigas)?.
Bienvenida a mi lista de escritores frustrados. Sr. Dragó ya no está usted solo... además, yo no tengo ningún reparo en acompañarles :-)... faltaría más. Hacedme hueco que voy.
Cuadernos: Mi Historia
Juegos de Rol (o cómo pienso que me convertí en escritor)
Para mí no hay nada mejor para ejercitar la imaginación que jugar a rol, y si además te pones a escribir historias fantásticas ambientadas en mundos inventados... mucho mejor.
Un día, con 14 años, me hablaron de los juegos de rol. Me gustó... así que me subí al carro. Mis amigos me pidieron que fuese el Master. Una especie de director de juego que idea historias para que los demás la jueguen... un narrador, vamos.
El buen funcionamiento de las partidas dependía, y mucho, de mi habilidad para hacerles creer que existía un mundo en el que sus personajes podían vivir. De modo que me especialicé en generar historias basándome en monstruos, castillos, mazmorras y demás trampas de una manera que gustó mucho entre mis amigos, nada que envidiar a muchos libros de esa temática, según dijeron de algunas aventuras ;-)
Como muestra fundamos esta web (sin acabar y en clave de humor) que ya tenemos olvidada (aunque sigue en funcionamiento):
- El Plano de los Tubos (si la navegación no funciona con la última versión de IE probad con Firefox).
Para mí sería relativamente fácil escribir cuentos fantásticos basándome en esos mundos e intentar convertirme en un Christopher Paolini con su Eragón y sucedáneos. Pero no quiero; no siento esa necesidad. Quiero contar otras historias de la vida cotidiana pero que suene a nuevo, y a veces no sé cómo hacerlo, o no tengo el tiempo que necesito para darme cuenta. Tonto que es uno.
Para mí lo que se narra en Eragón y novelas parecidas ya está más que escrito. La trilogía de Paolini se me antoja como una novela épica en el mismo pentagrama que El Señor de los Anillos. Una repetición de lo ya escrito por Tolkien.
He tenido incursiones en la temática de la fantasía en forma de relatos o cuentos, pero nunca me he decidido a abordar una novela, y mucho menos una trilogía.
Con lo fácil que eran los cuadernos Rubio, oye... :)
Cuadernos: Mi Historia
Entremos en materia...
Me presento. Este de la foto soy yo aquel año de la cancioncilla de mi abuela, el mismo año en que ella se fue. El otro día mi padre me dijo que si ella estuviese con nosotros se sentiría orgullosa de mí por el simple hecho de que vivo en Madrid. Por lo visto le encantaba; y yo lo desconocía.
Mi padre, como mi abuela, es un gran escritor porque, por ejemplo, cada vez que habla de su madre cuenta algo nuevo en el momento justo. Yo no quiero forzarle a que me cuente todo lo que sabe porque prefiero que él me lo vaya soltando en el tiempo que estamos juntos y cada vez que a él le plazca. Así no perdemos la magia.
Para mí un escritor es alguien que sabe contarte una historia cuando más lo necesitas.
Hay escritores de muchas historias o de sólo una, como mi padre, que tiene la habilidad de contarte casi siempre la misma historia y sientes que no pierde el misterio en ello, yo creo que eso es porque se guarda detalles para otras ocasiones.
Así que concluyo que:
-un escritor frustrado es aquel que tiene una o muchas historias y no sabe cómo contarla(s).
En mi próximo post contaré cómo me hice escritor. Pero permitidme dejar para más adelante lo de cómo me convertí en escritor frustrado.
Cuadernos: Recuerdos


