... Y la chica regresaba al bosque a oír historias, a veces nevaba, a veces llovía, y en aquellas tardes sus ojos se volvían de un gris tan claro que en ocasiones parecían blancos.

-Piedra y la chica de ojos azules-

El Olor de la Victoria


Ya lo sé, ya lo sé. Siempre me ha gustado la sangre y, a la mínima oportunidad, seguir ese halo invisible de morbo que me rodea y que me conduce a la plena satisfacción cuando veo brotar la primera gota o el primer chorro de ella. Al principio comenzó como un juego. Quemaba pequeños trozos de papel en la entrada de los hormigueros, los acercaba y disfrutaba viendo cómo las hormigas se retorcían carbonizadas. Ya sabes, la emoción del momento, los nervios... Bueno, supongo que no, que no conoces nada de eso. Dejé las hormigas y más tarde pasé a los escarabajos y a las lagartijas, con ellas me hice un experto usando cristales minuciosamente.

Pero aquello no era bastante. Necesitaba más, necesitaba oír los gritos y los lamentos, necesitaba ver brotar la sangre. Mi primer reto fue un gatito. Un suave, sucio e inocente gatito callejero. Usé cristales pero también un cuchillo de cocina. Se lo birlé a mi tía Dorotea en una de esas tardes de merienda ¿sabes? Después de que cortasen el bizcocho me hice con él y al cabo de un rato abandoné la reunión familiar, caminé por los alrededores de la casa, entre los árboles y... y entonces lo vi. Era como una bolita de pelo, indefensa, acurrucada al pie de un ciprés... todavía lo recuerdo. Parece que lo estoy viendo.

Sé lo que estás pensando, que ahora no hay cuchillos, ni cristales... sólo tengo dos pequeños alicates pero... ¿Sabes? no te haces una idea de la experiencia y la habilidad que uno llega a adquirir con el paso de los años.

Quédate quieta, ahora te quitaré el esparadrapo y podrás abrir la boca, querida. Puedes gritar todo lo que quieras, desde aquí no pueden oírte. No eres la primera, y no voy a darte exclusividad alguna... porque tampoco vas a ser la última.

*foto de aquí.

El Bibliotecario (y 2)


Lee primero el comienzo de este relato pulsando aquí.

La chica alargó el brazo y cogió el libro. Lo abrió por la página donde semanas atrás había dejado el punto de lectura y comenzó a leer mientras le daba otro mordisco a la manzana. Leyó dejándose llevar por la historia y por la música que sonaba a bajo volumen por los altavoces de su portátil. Leyó hasta que sus ojos se cerraban y las palabras impresas comenzaron a parecerle un amasijo turbio de pequeños y oscuros alambres encadenados.

Cuando despertó todo estaba en penumbras. Tanteó hasta encontrar el pulsador de la lámpara de la mesita de noche y prendió la luz. Miró el reloj despertador: las 1:53. La música se había detenido. Apartó los restos de la manzana mordida y miró el libro. Apenas le había dado tiempo a avanzar. Se sintió extraña, fuera de lugar, como si aquel no fuera su cuarto, o su tiempo.

Incluso con la puerta de su cuarto cerrada le llegó el sonido de los golpes. Era como si estuvieran llamando a la casa, tímidamente, con los nudillos, con una pausa de varios segundos entre golpe y golpe.

-Qué raro que el viejo se haya levantado ¿Qué estará haciendo? - se dijo.

Se levantó de la cama, abrió la puerta y salió al pasillo. Encendió la luz y atravesó el salón. Creía que los golpes provenían de la cocina, pero comprobó que allí no había nadie. Volvió a su cuarto, no sin antes pasar por el baño y asegurarse de que la puerta del dormitorio del viejo estaba cerrada. Así era. Cerró la puerta de su cuarto y se lamentó de no haber arreglado el pestillo. Ya llevaba roto dos semanas.

Volvió a tumbarse y abrió el libro. No había avanzado ni dos páginas cuando volvieron a oírse los golpes, pero esta vez más cerca, en la puerta de su propio cuarto. Tenues, seguidos de lo que parecía el sonido del arrastre de los nudillos por la madera.

Se incorporó alarmada, con el corazón latiendo en su garganta.

-¿Papá?

Silencio. Nadie contestó. Los golpes volvieron a sonar, tres, leves, con unos segundos de descanso entre ellos. La chica se levantó asustada. Hizo ademán de avanzar pero retrocedió dos pasos hasta la ventana.

- ¡Papá, por favor! - acertó a decir -. No me gustan estas bromas...

Los golpes cesaron. Esperó un minuto que le pareció una década y se acercó a la puerta.

-¿Papá?

Asió el pomo y lo giró. Abrió de golpe. Al verle delante, un escalofrío intenso recorrió su cuerpo de pies a cabeza. Antes de desmayarse consiguió oír de la boca del muerto:
-Tú... devuelve ese libro.

*foto de aquí

El Bibliotecario (1)


Se levantó de la silla, recogió en silencio sus apuntes y se acercó al mostrador para dejar el libro de consulta.

-¿Hoy no está Luis? - preguntó a la bibliotecaria.
-¿No te has enterado? - inquirió mirándola por encima de sus lentes mientras soltaba el ejemplar de consulta en uno de los montones-. Luis ha muerto.
-¡Qué me dices!
-Fue hace tres días. Un infarto, nena. Ya ves, y hacía ejercicio todas las mañanas, antes de abrir.

La chica se despidió de la bibliotecaria y salió del edificio. Cuando llegó a casa ya había anochecido. El viejo ya se había acostado, siempre lo hacía a las ocho de la tarde. Ella también hizo lo de siempre: entró en la cocina, cogió dos manzanas del frutero, soltó su mochila en el sofá del salón, se metió en su cuarto y cerró la puerta. Luego puso música en el reproductor de mp3 de su portátil, se tumbó en la cama y le dio un mordisco a una de las manzanas.

Miró a un lado, encima de la mesita de noche tenía un ejemplar que había sacado de la biblioteca: La playa de los ahogados. Lo había dejado a medio leer. Llevaba en su cuarto más de dos meses. El bibliotecario le había solicitado varias veces su devolución. La primera un mes después de sacar el libro, cuando la vio estudiando en una de las mesas de la sala, luego por teléfono, y al menos tres veces por correo electrónico. La última vez que lo hizo se presentó en su casa una hora antes de abrir la biblioteca en su horario de tarde, llamó a su puerta y se lo pidió.

-Lo siento, Luis. Aún no lo he leído. Te prometo que esta noche lo acabo y mañana lo devuelvo - había dicho ella.

Eso aconteció una semana atrás. Unos cinco días antes de que el bibliotecario la palmara.

(en dos días la última parte)
*foto de aquí

Feliz Fin del Mundo


Joachim Raff - Suite n.7 in d for Piano op 204

Arrastrado sin piedad por uno de esos desgarros de imaginación calenturienta que suelo sufrir mientras conduzco... imaginé que el fin del mundo se aproximaba y, de la forma más natural y coherente, antes de que la muerte me llevase en volandas, había decidido que me despediría de esta vida charlando con personas a las que ya no veo. Sonaba razonable, a los familiares y amigos ya los vemos a diario. De modo que, para evitarnos el sufrimiento y la desesperación de verlos morir a nuestro lado... ¿por qué no hacer algo que echas de menos desde hace décadas hasta el momento de tu muerte?

Así que si nos sobreviniese el día fatídico, un par de horas antes del fin del mundo caminaría por la calle Real hasta la puerta del colegio. Ya no está la cancela, ni Víctor, el conserje, ni Luis despachando esas caracolas de crema y chocolate tras la barra de la cantina. Pero aquel rincón del patio de arena aún permanecería. Yo caminaría hasta él y sacaría mi bolsa de canicas para comenzar la partida. El hoyo continuaría en su sitio... si hasta creo que estaba ahí desde los años en que mi padre corría por el patio en pantalones cortos.

―¿Qué pasa, tío?
―Hola, tú eres el Losada ¿verdad? ―le pondría el artículo delante, porque de pequeños siempre le poníamos el artículo delante a nuestros apellidos: El Castaño, el Tenorio, el Gómez...
―Sí, ya ves, pero más viejo y estropeado. Tú eres AdR ¿no?
Yo asentiría.
―Bueno, pues vamos a comenzar tú y yo mientras llegan los demás ―diría sacando una de sus canicas y trazando una línea recta con un palo en la arena.
―Tiene huevos la cosa ¿eh?
―¿Qué es lo que tiene huevos? ¡Mira, por allí viene el Indalecio!
―Ah, sí, ése es. Seguro que trae su bolo de acero ―porque allí a las canicas siempre las hemos llamado bolos, jugar a los bolos, pensaría mientras me colocaba tras la línea y tiraba el mío hacia el hoyo―. Qué cabrón, cómo se cascaba los de cristal con el de acero... Mi padre me los traía del dique, seguro que a él también. Tu turno.
―Anda, el Losada ―diría al llegar y vernos.
―Hola.
―¡Coño! AdR.
―Ya te has traído los de acero ¿no?
―Los años ―diría sacando las bolas para mostrárnoslas ―que no me han cambiado.
―Bueno, un poquito de barriga sí que tienes ¿no? ―diría el Losada mientras tiraba su bolo para que cayera lo más cerca posible del hoyo.
―Cabrón ―exclamaría el Inda mientras tiraba su bolo de acero.
―Oye ¿va a venir el Lara? ¿Os acordáis del Lara?
Y ellos se mirarían, graves, ante mi pregunta.
―Creo que no va a poder venir... ya sabes... ―me diría el Inda.
―Joder, qué mierda. En fin ―diría yo mientras me agachaba ante el hoyo―, el mío es el que ha caído más cerca del agujero, así que me toca.
―¿Os acordáis cuando el Boogie le mandó al Castaño dar cinco vueltas al campo de fútbol por no esforzarse en clase de gimnasia?
―Sí, sí... cuando iba por la tercera ya no podía más.
―El tío era una montaña, si cuando jugábamos en plan bestia... ni entre cinco conseguíamos tambalearle. Daba dos manotazos y nos lanzaba a tomar por culo dos metros.
―Ya, pero dos vueltas al campo le dejaban fuera de juego.
―Sí, sí... aquella vez alguien, no recuerdo quién, empezó a gritar dándole ánimos cuando iba por la tercera vuelta. Luego nos unimos todos, le jaleamos y acabó las cinco a lo Rocky.
―Verdad.
―Y fuimos todos a abrazarle.
El Indalecio irrumpiría con esa risa tan estridente y contagiosa que aún conservaría y luego dejaría caer:
―Lo recuerdo, desapareció debajo de nosotros.
―Y se puso rojo y no dejaba de gritar: «Me ahogo, cabrones, me ahogo...»
Entonces reiríamos y no pararíamos hasta que nos secásemos las lágrimas, y cada uno sabría el por qué las habría vertido, y no sentiríamos la necesidad de tener que aclarárselo a los demás.
―Creo que los que faltan no van a venir ―diría el Losada mirando a la puerta del colegio.
―No les habrá dado tiempo.
―Parece que el cielo se está empezando a ennegrecer. Creo que el final está cerca ―diría yo mirando la bóveda cenicienta y creciente.
―Sí, eso parece. Ya viene.
―Bueno, caballeros. Estuvo bien.
―Sí ―diría uno mirando al cielo.
―Oye, AdR, antes... dijiste algo así como que «tiene cojones la cosa».
―Sí.
―¿A qué te referías, tío?
―Ah, a esto, a que sea el fin del mundo, justo ahora, el año en que nos íbamos a encontrar todos por el vigésimo quinto aniversario de nuestra promoción. Nos iban a condecorar en el teatro ¿no?
―Sí, este año era. En abril.
Pero yo habría mentido, porque en verdad no hubiera estado pensando en aquello, sino en ti. Sí, en ti, como pienso cada vez que me acuesto en mi cama. «Tiene cojones la cosa», que ahora que empezábamos a estar bien se acerque este puto fin del mundo.
―Creo que es mi turno ―diría el Inda rescatándome de mi ensoñación―, aún queda tiempo para una tirada.
―No seas cabrón, no tires muy fuerte con eso que acabas cascándolos ―y así terminaríamos, agachados los tres, en torno al hoyo, atentos al juego, hasta que la nube gris de ceniza nos hiciera desaparecer o petrificar en cuclillas en aquel patio de arena.

Esto nos pasa a los que nos da por escribir, que en realidad no escribimos, sólo estamos locos, sólo imaginamos escenas como esta mientras conducimos un jueves cualquiera, de vuelta a casa.

*foto de aquí

Otro jodido 'Poema Rock' (recordándote desde el Infierno)

Sigo ocupado maquetando a El Hombre Sin Tildes. Espero tenerlo listo muy pronto. Os dejo con un nuevo escrito de mi puño.
Si quieres leer los tres 'Poemas Rock' anteriores a éste y conocer la historia completa del 'rocker' protagonista pulsa en los siguientes enlaces:
Este es el primer jodido 'Poema Rock' que te escribo
Este es el segundo jodido 'Poema Rock' que te escribo
Este es el tercer y último jodido 'Poema Rock' que te escribo







Dame de Follar


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