... Y la chica regresaba al bosque a oír historias, a veces nevaba, a veces llovía, y en aquellas tardes sus ojos se volvían de un gris tan claro que en ocasiones parecían blancos.

-Piedra y la chica de ojos azules-

La Princesa de Nata en el Caserón Helado de Chocolate (III)


(Antes de comenzar... Lee las dos primeras partes de este cuento, primero aquí y luego aquí, después puedes seguir leyendo)

Tras el rechazo del rey la Princesa volvió al Caserón y allí la recibió la Bruja, la niña se llevó una sorpresa al verla, pues creía que se había recluido en la Cueva de Stracciatella para siempre. Pero la Bruja entendió que la Princesa de Nata sería rechazada por palacio cuando llegase la hora, aunque la había preparado para ese momento ella quiso estar en el Caserón para consolarla a su regreso. Porque, aunque nos sintamos preparados para superar ciertos momentos, puede resultar muy distinto cuando nos enfrentamos a ellos.

-No te preocupes, niña -dijo la Bruja-. Puedes quedarte a vivir aquí.
-No, nana. Mi padre lleva gobernando más de doscientos años. Ya basta, he decidido tomar su palacio.
-¿Estás segura? -preguntó la Bruja.
-Sí, tengo que prepararlo todo.

Luego se dio la vuelta, se quitó la ropa que llevaba puesta y de un armario sacó un vestido de crocanti, se lo enfundó y a continuación se ajustó una tiara de azúcar glas y un velo de chocolate blanco helado, salpicado de polvo de coco. Por último se calzó sus zapatos rojos de tacón de fresa a la hierbabuena y, tomando una varita de rama de vainilla, salió al camino, a recoger del bosque y de la nieve los elementos necesarios para preparar el asalto.

Y también se detuvo a hablar con unos amigos que vivían en la región más helada... 

Una vez recogió todos los ingredientes necesarios volvió al Caserón y junto a la Bruja se encerraron durante semanas en el laboratorio. Debían ser muy cuidadosas con el material, no se trataba de elaborar un sencillo helado de nata con distintos toppings y frutas, como sí había realizado multitud de veces en años anteriores, debía ser algo único, algo inolvidable, y mágico.

Al cabo de tres semanas ambas se dieron por satisfechas, el trabajo había finalizado, de modo que decidieron hacer pasar a sus amigos, pues ellos también formarían parte del asalto.

(continuará)

*foto de aquí.

La Princesa de Nata en el Caserón Helado de Chocolate (II)


(Antes de comenzar... Lee el inicio de este cuento aquí)

Y así sucedió, tal y como fue ordenado, pues tal era el miedo a la nata y al frío instaurado por el monarca, que la prohibición de salir de las murallas quedó establecida para todos los habitantes del reino. Sólo la Bruja de la Cueva de Stracciatella se encargaría de cuidar a la Princesa de Nata hasta que cumpliera los 9 años.

Y así ocurrió. Fue la bruja quien le enseñó los misterios de la vida fuera de palacio. A cultivar y extraer la savia de la vainilla y la nata, a decantar la nieve para helar las fresas y otras frutas, a no despreciar a ningún ser vivo.

Y la Princesa creció, y conforme lo hacía más avergonzada se sentía de pertenecer a la realeza. El día de su noveno cumpleaños sopló las velas de una tarta helada de trufa y le dio dos besos con sus labios morados a la que había sido su madre todo este tiempo: la Bruja, y ésta, al ver cumplido su trabajo, se sintió más que orgullosa de la Princesa y se retiró a su Cueva de Stracciatella. La Princesa entendió que había llegado el momento de volver a palacio. Caminó un día y una noche, al amanecer se plantó ante los dos soldados de la Guardia Real de Chocolate Envuelta en Papel Dorado y dijo:

-Soy la Princesa de Nata, la hija del rey. He cumplido 9 años.

Ambos soldados se miraron extrañados, no sabían el protocolo que debían seguir, sencillamente porque nadie les había indicado qué hacer, así de inútil era el régimen establecido. De modo que le ordenaron a la niña que esperase. Dos días con sus dos noches heladas tuvo que pasar a la intemperie la Princesa de Nata, hasta que la tercera mañana los soldados volvieron a aparecer, se asomaron entre las almenas de chicle de la muralla y el más alto dijo:

-El rey no quiere verte. Ha dictado Dulce Decreto por el que no debes acercarte a las murallas de chicle del reino bajo pena de permanecer eternamente pegada a la goma de mascar. Puedes volver al Caserón.

La Princesa dejó caer una lágrima de nata helada por su mejilla. Una sola, que vino a hundirse en la hierba. Luego, en silencio, se dio la vuelta y desapareció entre la espesura y la niebla.

(continuará)

*foto de aquí

La Princesa de Nata en el Caserón Helado de Chocolate (I)

 

Érase una vez un rey en su reino, sentado en su trono de galleta y chocolate, con su dulce reina de caramelo a su izquierda y el férreo cetro de gominolas, con el que gobernaba con benevolencia y tesón, en su mano derecha.

Desde el día en que se unieron en tan esponjoso matrimonio habían pasado años, décadas, incluso se libraron algunas guerras de bombones y batallas de pastelitos con reinos vecinos... Había pasado, tal vez, un siglo cuando el rey y la reina decidieron tener un hijo. El pueblo acogió con entusiasmo la decisión que se había dado tras los muros de palacio y lo celebraron en las calles con guirnaldas de palomitas y gigantescas piruletas de fresa.

Al cabo de unos meses un retoño vino al mundo. Y aunque todos esperaban un heredero sano y fuerte para que el linaje real tuviera continuidad... no fue un varón lo que nació aquella oscura noche de regaliz. Sino que la reina dio a luz a una niña helada de nata, menuda, de labios morados y con el pelo blanco como un dulce de leche.

La envolvieron en papel de azúcar y la metieron en una cuna de algodón y nubes. Cuando el monarca fue a verla la apuntó con su cetro y exclamó:

-¡Esta niña no es normal! ¡Es de nata! ¡Odio la nata!

Y por Real y Dulce Decreto mandó criarla alejada de la corte. Sería desterrada al otro lado de las murallas de chicle, al caserón helado de chocolate blanco y virutas de coco, hasta que cumpliese la mayoría de edad, que en aquel reino había quedado establecida en los 9 años.

(continuará)

*foto de aquí

Primera Lluvia


La niña del Árbol Negro (II)



 (Antes de seguir... lee el comienzo de este cuento aquí)

─Yo soy Julio, y estos son mis amigos.
─Lo sé, la niña muda y el niño enfermo ─dijo la niña del Árbol─. Os recuerdo.
─¿Estabas metida en el árbol? ─preguntó Pedro con su voz débil.
La niña no respondió y continuó cantando alrededor del árbol.

Al jardín de la alegría
Quiere mi madre que vaya
Por ver si me sale un novio
El más bonito de España.
Vamos los dos, los dos, los dos,
Vamos los dos, en compañía,
Vamos los dos, los dos, los dos,
Al jardín de la alegría

Y al acabar se detuvo ante Julio y dijo tomándole del brazo:
─Y te elijo... ¡A ti!
Lo que provocó que los otros dos niños se desplomasen cayendo al suelo.
─¿Qué ha pasado? ¿Qué les has hecho? ¿Están muertos?
─Sólo están durmiendo para siempre al pie del árbol.
─Pero... eran mis amigos.
─Eran niños enfermos, si no duermen ahora morirán en la guerra que viene. En los sueños la niña podrá hablar nada más nacer y al niño le crecerá pelo y esa enfermedad que tiene no se lo irá comiendo por dentro.
Ambos se miraron y a Julio le pareció que aquello era cierto, que ya parecía estar sucediendo todo dentro de un sueño.
─¿Dónde están los juguetes? ─preguntó la niña.
─Los hemos dejado en el camino.
─Vamos a recoger tu caballito de madera ─dijo ella iniciando el trayecto─. Pronto la niebla cubrirá esta llanura durante lustros y los sapos creerán ser los dueños de este reino.
─¿Y luego?
─Luego iremos a la otra linde del bosque, donde acaban los árboles hay un barranco, pasaremos allí la noche hasta que el sol salga de nuevo. El sol allí es como una bola de helado del naranja más intenso que hayas visto. Es un amanecer espléndido, como de cuento.
Julio sonrió olvidándose por momentos de su madre, de sus amigos y del resto de los habitantes del pueblo.
─Julio, tú serás mi novio. No temas por tus amigos, despertarán al otro lado, en una aldea donde el tiempo pasa tan despacio que los platos de sopa nunca se enfrían y la leña de las chimeneas arde durante décadas. Dame la mano.
─Quiero pensar que siempre hay algo detrás de todo esto ─dijo el niño tendiéndole su mano.
─Y yo, Julio. Y yo.

(En memoria de A. M. M., sin sus cuentos los míos nunca hubieran comenzado)

*foto de aquí.

La niña del Árbol Negro (I)


Era la hora de la cena, esa en que los últimos rayos de sol caen tan lánguidos como la tela de los vestidos de seda de Magdalena Baró, cuando los niños salieron de sus casas dejando a sus madres con sus prohibiciones colgadas de las bocas y los platos de sopa huérfanos. Habían decidido reunirse ante el Árbol Negro.

Julio fue el primero en abandonar su hogar, por el camino de las ardillas se le unió Alicia, sin un saludo, sin una palabra, era muda de nacimiento. Y al final del sendero, en la linde del bosque nuevo, esperaba Pedro, el niño enfermo, que tenía la cabeza tan lisa como un boliche de cristal, ni un solo pelo. Antes de entrar en el bosque soltaron sus juguetes favoritos, se dieron la mano y sin mirarse a los ojos cruzaron esa frontera exigua que separaba lo que era oscuridad de lo que era pueblo.

Caminaron entre los árboles de hojas verdes, cuidándose de no molestarles, hasta la llanura quemada y yerma que había en el centro, allí vivía el Árbol Negro. Pero cuando llegaron a él se encontraron con que el tronco del árbol se había quebrado por la mitad y alrededor de él una niña con un vestido blanco inmaculado, fantasmal, daba vueltas en círculo, saltando y canturreando.

Al jardín de la alegría
Quiere mi madre que vaya
Por ver si me sale un novio
El más bonito de España.
Vamos los dos, los dos, los dos,
Vamos los dos, en compañía,
Vamos los dos, los dos, los dos,
Al jardín de la alegría.

Los niños se soltaron de las manos y se quedaron mirándola. Hasta que la niña se percató de ellos.
―Oh, habéis venido. Soy Ana María, el alma del Árbol Negro ―dijo señalando el tronco quebrado.

(El domingo por la noche... el final)

*foto de aquí