... Y la chica regresaba al bosque a oír historias, a veces nevaba, a veces llovía, y en aquellas tardes sus ojos se volvían de un gris tan claro que en ocasiones parecían blancos.

-Piedra y la chica de ojos azules-

La Princesa de Nata en el Caserón Helado de Chocolate (I)

 

Érase una vez un rey en su reino, sentado en su trono de galleta y chocolate, con su dulce reina de caramelo a su izquierda y el férreo cetro de gominolas, con el que gobernaba con benevolencia y tesón, en su mano derecha.

Desde el día en que se unieron en tan esponjoso matrimonio habían pasado años, décadas, incluso se libraron algunas guerras de bombones y batallas de pastelitos con reinos vecinos... Había pasado, tal vez, un siglo cuando el rey y la reina decidieron tener un hijo. El pueblo acogió con entusiasmo la decisión que se había dado tras los muros de palacio y lo celebraron en las calles con guirnaldas de palomitas y gigantescas piruletas de fresa.

Al cabo de unos meses un retoño vino al mundo. Y aunque todos esperaban un heredero sano y fuerte para que el linaje real tuviera continuidad... no fue un varón lo que nació aquella oscura noche de regaliz. Sino que la reina dio a luz a una niña helada de nata, menuda, de labios morados y con el pelo blanco como un dulce de leche.

La envolvieron en papel de azúcar y la metieron en una cuna de algodón y nubes. Cuando el monarca fue a verla la apuntó con su cetro y exclamó:

-¡Esta niña no es normal! ¡Es de nata! ¡Odio la nata!

Y por Real y Dulce Decreto mandó criarla alejada de la corte. Sería desterrada al otro lado de las murallas de chicle, al caserón helado de chocolate blanco y virutas de coco, hasta que cumpliese la mayoría de edad, que en aquel reino había quedado establecida en los 9 años.

(continuará)

*foto de aquí

Primera Lluvia


La niña del Árbol Negro (II)



 (Antes de seguir... lee el comienzo de este cuento aquí)

─Yo soy Julio, y estos son mis amigos.
─Lo sé, la niña muda y el niño enfermo ─dijo la niña del Árbol─. Os recuerdo.
─¿Estabas metida en el árbol? ─preguntó Pedro con su voz débil.
La niña no respondió y continuó cantando alrededor del árbol.

Al jardín de la alegría
Quiere mi madre que vaya
Por ver si me sale un novio
El más bonito de España.
Vamos los dos, los dos, los dos,
Vamos los dos, en compañía,
Vamos los dos, los dos, los dos,
Al jardín de la alegría

Y al acabar se detuvo ante Julio y dijo tomándole del brazo:
─Y te elijo... ¡A ti!
Lo que provocó que los otros dos niños se desplomasen cayendo al suelo.
─¿Qué ha pasado? ¿Qué les has hecho? ¿Están muertos?
─Sólo están durmiendo para siempre al pie del árbol.
─Pero... eran mis amigos.
─Eran niños enfermos, si no duermen ahora morirán en la guerra que viene. En los sueños la niña podrá hablar nada más nacer y al niño le crecerá pelo y esa enfermedad que tiene no se lo irá comiendo por dentro.
Ambos se miraron y a Julio le pareció que aquello era cierto, que ya parecía estar sucediendo todo dentro de un sueño.
─¿Dónde están los juguetes? ─preguntó la niña.
─Los hemos dejado en el camino.
─Vamos a recoger tu caballito de madera ─dijo ella iniciando el trayecto─. Pronto la niebla cubrirá esta llanura durante lustros y los sapos creerán ser los dueños de este reino.
─¿Y luego?
─Luego iremos a la otra linde del bosque, donde acaban los árboles hay un barranco, pasaremos allí la noche hasta que el sol salga de nuevo. El sol allí es como una bola de helado del naranja más intenso que hayas visto. Es un amanecer espléndido, como de cuento.
Julio sonrió olvidándose por momentos de su madre, de sus amigos y del resto de los habitantes del pueblo.
─Julio, tú serás mi novio. No temas por tus amigos, despertarán al otro lado, en una aldea donde el tiempo pasa tan despacio que los platos de sopa nunca se enfrían y la leña de las chimeneas arde durante décadas. Dame la mano.
─Quiero pensar que siempre hay algo detrás de todo esto ─dijo el niño tendiéndole su mano.
─Y yo, Julio. Y yo.

(En memoria de A. M. M., sin sus cuentos los míos nunca hubieran comenzado)

*foto de aquí.

La niña del Árbol Negro (I)


Era la hora de la cena, esa en que los últimos rayos de sol caen tan lánguidos como la tela de los vestidos de seda de Magdalena Baró, cuando los niños salieron de sus casas dejando a sus madres con sus prohibiciones colgadas de las bocas y los platos de sopa huérfanos. Habían decidido reunirse ante el Árbol Negro.

Julio fue el primero en abandonar su hogar, por el camino de las ardillas se le unió Alicia, sin un saludo, sin una palabra, era muda de nacimiento. Y al final del sendero, en la linde del bosque nuevo, esperaba Pedro, el niño enfermo, que tenía la cabeza tan lisa como un boliche de cristal, ni un solo pelo. Antes de entrar en el bosque soltaron sus juguetes favoritos, se dieron la mano y sin mirarse a los ojos cruzaron esa frontera exigua que separaba lo que era oscuridad de lo que era pueblo.

Caminaron entre los árboles de hojas verdes, cuidándose de no molestarles, hasta la llanura quemada y yerma que había en el centro, allí vivía el Árbol Negro. Pero cuando llegaron a él se encontraron con que el tronco del árbol se había quebrado por la mitad y alrededor de él una niña con un vestido blanco inmaculado, fantasmal, daba vueltas en círculo, saltando y canturreando.

Al jardín de la alegría
Quiere mi madre que vaya
Por ver si me sale un novio
El más bonito de España.
Vamos los dos, los dos, los dos,
Vamos los dos, en compañía,
Vamos los dos, los dos, los dos,
Al jardín de la alegría.

Los niños se soltaron de las manos y se quedaron mirándola. Hasta que la niña se percató de ellos.
―Oh, habéis venido. Soy Ana María, el alma del Árbol Negro ―dijo señalando el tronco quebrado.

(El domingo por la noche... el final)

*foto de aquí

Odio que me traigas el desayuno a la cama


Ya sabes lo que odio que lleves el desayuno a la cama, que estando aún dormido empujes la puerta o le des una caricia sensual de tu cadera, lenta, y digas eso de: "Cariño, te traigo el desayuno", y entres en el dormitorio con una bandeja llena y me la pongas sobre las sábanas.

Odio una bandeja así en mi cama. Es como un retroceso en la actividad cerebral, una pérdida de tiempo, una soberana estupidez que me somete a una invalidez forzosa y suprema, que me obliga a esbozar una sonrisa agradecida, a moverme lento, como una caricia innecesaria; una estupidez que me obliga a ir con sumo cuidado para que las putas migas no campen a sus anchas por mi regazo y mi almohada.

Odio que traigas el desayuno a la cama, me aprisiona, me vuelve lelo, viejo, torpe, me convierte en un engendro de laboratorio, en una bacteria amorfa y coja, en una ameba acorralada.

Déjalo. Olvida el desayuno.

A mí lo que me gusta es que sigas durmiendo, levantarme temprano, prepararlo todo, dejarlo sobre la mesa de la cocina y entrar en el dormitorio en silencio, volviéndome oscuridad de la mañana, de persianas bajadas. Entraría como lo haría una pantera negra o un león rompiendo la cortina de niebla de una sabana. Subirme así, a cuatro patas de león, a la cama donde duermes, y arrancarte el pantalón del pijama, las bragas... y empezar a lamerte lento las ingles dormidas. Notarlas cálidas, desear más y abrirme paso entre ellas, a golpe de lengua y embestidas de mi boca y de mi cara.

A mí lo que me gusta es hacerte y que me hagas. Y olvidarme del puto desayuno, que se enfríen sobre la mesa los cafés y se congelen las tostadas, mientras mi boca y tu sexo se follan y se alternan en el primer puesto del podio de todas las batallas que libramos.

*foto de aquí.

Tiempo de Cerezas