Érase una vez un rey en su reino, sentado en su trono de galleta y chocolate, con su dulce reina de caramelo a su izquierda y el férreo cetro de gominolas, con el que gobernaba con benevolencia y tesón, en su mano derecha.
Desde el día en que se unieron en tan esponjoso matrimonio habían pasado años, décadas, incluso se libraron algunas guerras de bombones y batallas de pastelitos con reinos vecinos... Había pasado, tal vez, un siglo cuando el rey y la reina decidieron tener un hijo. El pueblo acogió con entusiasmo la decisión que se había dado tras los muros de palacio y lo celebraron en las calles con guirnaldas de palomitas y gigantescas piruletas de fresa.
Al cabo de unos meses un retoño vino al mundo. Y aunque todos esperaban un heredero sano y fuerte para que el linaje real tuviera continuidad... no fue un varón lo que nació aquella oscura noche de regaliz. Sino que la reina dio a luz a una niña helada de nata, menuda, de labios morados y con el pelo blanco como un dulce de leche.
La envolvieron en papel de azúcar y la metieron en una cuna de algodón y nubes. Cuando el monarca fue a verla la apuntó con su cetro y exclamó:
-¡Esta niña no es normal! ¡Es de nata! ¡Odio la nata!
Y por Real y Dulce Decreto mandó criarla alejada de la corte. Sería desterrada al otro lado de las murallas de chicle, al caserón helado de chocolate blanco y virutas de coco, hasta que cumpliese la mayoría de edad, que en aquel reino había quedado establecida en los 9 años.
(continuará)
*foto de aquí

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