... Y la chica regresaba al bosque a oír historias, a veces nevaba, a veces llovía, y en aquellas tardes sus ojos se volvían de un gris tan claro que en ocasiones parecían blancos.

-Piedra y la chica de ojos azules-

Odio que me traigas el desayuno a la cama


Ya sabes lo que odio que lleves el desayuno a la cama, que estando aún dormido empujes la puerta o le des una caricia sensual de tu cadera, lenta, y digas eso de: "Cariño, te traigo el desayuno", y entres en el dormitorio con una bandeja llena y me la pongas sobre las sábanas.

Odio una bandeja así en mi cama. Es como un retroceso en la actividad cerebral, una pérdida de tiempo, una soberana estupidez que me somete a una invalidez forzosa y suprema, que me obliga a esbozar una sonrisa agradecida, a moverme lento, como una caricia innecesaria; una estupidez que me obliga a ir con sumo cuidado para que las putas migas no campen a sus anchas por mi regazo y mi almohada.

Odio que traigas el desayuno a la cama, me aprisiona, me vuelve lelo, viejo, torpe, me convierte en un engendro de laboratorio, en una bacteria amorfa y coja, en una ameba acorralada.

Déjalo. Olvida el desayuno.

A mí lo que me gusta es que sigas durmiendo, levantarme temprano, prepararlo todo, dejarlo sobre la mesa de la cocina y entrar en el dormitorio en silencio, volviéndome oscuridad de la mañana, de persianas bajadas. Entraría como lo haría una pantera negra o un león rompiendo la cortina de niebla de una sabana. Subirme así, a cuatro patas de león, a la cama donde duermes, y arrancarte el pantalón del pijama, las bragas... y empezar a lamerte lento las ingles dormidas. Notarlas cálidas, desear más y abrirme paso entre ellas, a golpe de lengua y embestidas de mi boca y de mi cara.

A mí lo que me gusta es hacerte y que me hagas. Y olvidarme del puto desayuno, que se enfríen sobre la mesa los cafés y se congelen las tostadas, mientras mi boca y tu sexo se follan y se alternan en el primer puesto del podio de todas las batallas que libramos.

*foto de aquí.

Tiempo de Cerezas



¿Cómo estás?


Instaló la aplicación de mensajería en su móvil y nada más abrirla fue actualizándose con todos sus contactos, tanto los antiguos como los nuevos. Fue recorriendo el listado de nombres hasta que se paró en el de ella, en la foto de perfil se la veía muy feliz y junto a su nombre aparecía una línea que indicaba "últ. vez: hace 9 minutos". Bloqueó el móvil y estuvo pensando qué hacer durante más de media hora. Al cabo de ese tiempo volvió a entrar en la aplicación, buscó de nuevo su nombre y abrió una sesión de chat. Comenzó a escribir:

"Hola. Qué tal. Ha pasado mucho tiempo. Tres años creo. No? Espero que todo te vaya bien. Se te ve muy feliz en esa foto. En fin. Han pasado cosas. Es difícil de explicar. Estuve en el extranjero. Sabes? Pero aquello no salió. Y bueno. Ando por aquí haciendo cosas. Siento no poner comas. No encuentro la coma en este dichoso teclado. Y me jode. El móvil es nuevo. Bueno. Si alguna vez lees esto espero que me digas algo. No sé. Al menos contéstame. Cómo estás?"

Luego dudó un instante y pulsó "Enviar". El estado de la conexión de ella pasó de "últ. vez: hace 58 minutos" a "Conectado" y luego "Escribiendo". En unos segundos apareció en la pantalla:
"Enamorada de ti"

*foto de aquí.

El Especial de la Casa


(este relato lleva más de tres años en un cajón. Allá va)

Ella entró en el café y dejó tras de sí el tintineo del carillón que colgaba tras la puerta. Comenzó a buscarle con la mirada. Fue fácil encontrarle, no había nadie más en las mesas. Caminó presurosa hasta él. Sonrieron.

-Siéntate - dijo él ofreciéndole la silla que quedaba al otro lado de la mesa.

Antes de hacerlo ella se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Luego se desprendió del gorro, de los guantes, de su abrigo, y tomó asiento de forma atropellada.

-Hola. Ha pasado tanto tiempo... ¿Por qué ahora?
-Aquí es donde solía venir a escribir ¿sabes? - dijo él-. Me sentaba en esta mesa, me pedía un café tras otro y escribía sin parar. Eran buenos tiempos. Estoy tomando un capuccino, te pediré el especial de la casa, ya verás, Lou hace un un café que no vas a olvidar en lo que te queda de vida.

Levantó una mano y yo, que esperaba tras la barra, comencé a preparar el especial. Él siguió hablando:

-Quiero agradecerte que te hayas tomado la molestia de hacer el viaje. Estoy... - hizo una pausa antes de continuar, buscaba las palabras idóneas - recomponiendo las piezas perdidas de mis recuerdos.
-Siempre fuiste un romántico.
-También sé simular, como tú.
-¿Yo?

Hubo otra pausa, él tomó un sorbo de su taza y yo me acerqué con el especial. Lo serví y volví a mi sitio.

-Sé lo que pasó. Sé que fuiste tú.
-No te entiendo - dijo ella sonriendo, pero la curva de sus labios ya se había vuelto sombría.
-Sí lo entiendes. Sé que todo aquello de llegar hasta el final fue idea tuya, sé que los lanzaste contra mí. Pero ya me ves, sigo aquí. Tu papel de secundaria en la sombra, de zorra jodevidas, no funcionó. Es decir: te vencí. Y jugaste muy bien diciéndoles que ibas a estar en primera línea de combate, justo para desaparecer cuando comenzó la guerra.

Tomó otro sorbo de la taza, miró por la ventana y continuó hablando. Ella lo miraba como si estuviera situada al otro lado de un grueso cristal.

-Para mí fuiste tan importante como difícil de olvidar, y olvidé los bonitos detalles de nuestra historia en dos días, pero nunca olvido quién me la juega, Sarah - y soltó su nombre deslizándolo con cuidado por la mesa, como cuando una mano acaricia la superficie de una manta de raso.

Por un segundo pareció que iba a hablar, pero permaneció callada. Por un instante me dio pena verla así, pero conociendo la historia que había detrás... no debía caber en mí lugar a la compasión.

-No te molestes en decir algo - dijo él mientras se levantaba y se enfundaba el abrigo para salir-. Tómate el especial y lárgate. Ya verás, es lo que te dije. Lou hace un café que está para morirse.

Y era cierto, también soy muy bueno deshaciéndome de los cadáveres.

*foto de aquí

Piedra y la Chica de Ojos Azules (III)

(Si quieres leer el comienzo de este cuento para niños y mayores... lee el capítulo 1 aquí, y el capítulo 2 aquí)

Pasaron los días, las semanas y los meses, y la chica no regresó. Pasaron los años, los lustros y las décadas... y la chica no volvió al Bosque de los Nueve Sauces Péndulo. El bosque cambió pero Piedra continuó allí, bajo la nieve, bajo el calor, el viento y la lluvia de los años venideros. Incluso quieta y resquebrajada seguía sonriendo. Y a su alrededor creció un pequeño bosque de lilas bajas que la miraban.

Sólo una tarde de verano soleada, cuando las hojas de los sauces más viejos aún seguían contando Historias, una anciana vestida de blanco entró en la llanura alfombrada de hierba y de lilas, y sus recuerdos se precipitaron en tropel, como cuando una cascada de agua irrumpe con fuerza por primera vez en un arroyo en calma, o en un lago. Caminó hasta la sombra del Sauce Péndulo más viejo y junto a él vio a Piedra.

Sonrió.

-Lo siento, amiga. Tuve que... iniciar un largo viaje. Pero no te olvidé en ningún momento. He regresado.

Piedra sonrió, y ese gesto hizo que se agrietase un poco más. Y, desde entonces, para la chica, las sonrisas de las rocas nunca pasarían desapercibidas, ni una sola vez más.

-Acabaré mis días aquí, contigo - decía mientras se tumbaba con lentitud en la hierba y oteaba las puntas de las rocas altas-. Es bueno que este refugio apenas haya cambiado. Afuera es todo muy distinto ¿sabes?
Y luego recordó las veces que había hecho lo mismo de pequeña. Y, aunque no soplaba ni una pizca de viento, las hojas lanceoladas del sauce se inclinaron hasta acariciar su cara, y reconocieron a su niña. 

Y comenzaron a volcar de nuevo en sus oídos las Historias que se habían guardado en las últimas décadas.

*foto de aquí.

Piedra y la Chica de Ojos Azules (II)


(Si quieres leer el comienzo de este cuento... pulsa aquí primero.)

Y era cierto, en toda la llanura tan sólo había una roca.
Ésa.
La roca le devolvió un silencio.

-Te has separado de tus hermanas ¿eh? ¿Tú también has venido a escuchar Historias? - acabó preguntando mientras se volvía a tumbar bocarriba en la alfombra de hierba-. Te llamaré Piedra. Ahora... escucha Piedra.

Y allí permanecieron juntas, escuchando el rumiar de las hojas, hasta que pasaron al menos un par de horas. Luego la chica se despidió de Piedra y de los Sauces Péndulo hasta la tarde siguiente.

Así transcurrieron semanas, meses... y cayeron las estaciones, unas tras otras, como las hojas lentas de un calendario de pared, como la leña crepita y se descompone en el fuego de una chimenea, y la chica de ojos azules volvía algunas tardes al bosque a escuchar Historias. A veces la llanura se cubría de un manto de nieve, o de niebla, o de agua de lluvia, y en aquellos días sus ojos se volvían de un gris tan claro e invernal que a veces parecían blancos.

-¿Te gustan las historias, Piedra? - preguntaba mientras seguía mirando hacia las ramas colgantes de los sauces.

Bocarriba, tumbada en la hierba, extendía un brazo y tocaba con la yema de sus dedos las hojas lanceoladas, aunque en ocasiones ni siquiera eso era necesario, sólo tenía que esperar a que el viento sacudiera las ramas y las hojas se balancearan hasta rozar su rostro.

-Me gusta que me hagan cosquillas, Piedra ¿Y a ti? Te hace sonreír. Tú... pase lo que pase, nunca... Nunca pierdas tu sonrisa ¿eh? - decía dubitativa, volviéndose hacia la roca muda.

Y ella nunca lo supo, porque no podía verlo, pero Piedra sonreía. Sonreía aquella última tarde, y había sonreído todas las pasadas en que había visto llegar a la chica.

(el domingo 19... el final)

*foto de aquí.